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domingo 15 de enero de 2012

Vértigo

Publicado en Levante de Castellón el 13 de Enero de 2012


He empezado el año con una sensación de mareo que no se me quita, incluso creo que cada día que pasa va a más. No se trata de un vahído producido por los excesos de las fiestas navideñas, que pudiera pasarse con un poco de dieta, cotidianeidad y voluntarismo para hacer lo que todos los principios de año nos prometemos. Es algo más profundo que tuvo sus primeros síntomas cuando el expresidente del Gobierno se plegó a las imposiciones de los mercaderes ultraliberales europeos y se agudizó después del 20-N, con el recién elegido a la presidencia del gobierno apresurándose a llamar a los señores del dinero, para rendirles la pleitesía debida del recién llegado a la Corte de los Recortes.
Pero ha sido después de las últimas medidas tomadas por el Consell Valenciano y el Gobierno de España, cuando se ha agudizado el vértigo, como si el orden de las cosas se estuviera desvaneciendo bajo mis pies. Me imagino que es la misma sensación de ingravidez y angustia, por no saber donde pisar, que han tenido aquellos que han sufrido un terremoto. Porque de un movimiento sísmico se trata cuando las bases sobre las que se han asentado la sociedad en las últimas décadas se vienen abajo, con nuestra pasividad cómplice hacia los que están sacudiendo las alfombras de nuestro bienestar.
Produce mareo ver que las grandes infraestructuras realizadas en la Comunidad Valenciana en los últimos años de gobiernos zaplanistas y campsistas, han tenido un sobre coste superior al último ajuste de urgencia que el gobierno de la Generalitat ha presentado en público. Algunos dicen que mejor eso que no tenerlas, pero a mí me parece que detrás de esta afirmación hay gato encerrado, porque la disyuntiva no es si se deberían haber hecho o no (aunque la mala gestión de todas ellas las esté abocando a la ruina), si no por que sólo en las tres más grandes: Terra Mítica, La Ciudad de la Luz y La Ciudad de las Artes y las Ciencias, el desvío presupuestario es superior a los mil millones de euros. ¿A cuánto llegará el despilfarro del dinero público en las obras menores, o de las Diputaciones y Ayuntamientos? ¿Cómo se puede justificar que el Aeropuerto de Carlos Fabra haya costado el doble de lo presupuestado? Para echarse a temblar al pensar que los mismos que han hecho la vista gorda con tanto sobre coste, son los mismos que ahora nos imponen medidas para pagar la cuenta de la barra libre, para ellos, de estos años sin freno al descaro político.
Imagínense si a todo este dineral mal gastado, que si se hubiera obrado con decencia no serían necesarios los recortes, le sumamos los Gurtels, Brugales, Fabras, Emarsas, Visitas del Papa, Fórmulas 1, RTVV, etcétera, etcétera, etcétera. ¡Viviríamos en un Paraíso financiero! Y no se habrían esquilmado, hasta su desaparición, las cajas valencianas. Porque ya es hora de que nos quitemos la venda de los ojos. El déficit financiero de la Comunidad no se debe a un ataque masivo de OVNIS, ni a una invasión de la Sublime Puerta, ni al conjuro de meigas y bruixas de nariz larga y verruga en la cara, ni a una mano negra que esté tratando de hundir en la miseria a los valencianos. Se trata más bien de una mano de puño blanco y pulido, que ha entrado demasiadas veces en la caja comunitaria, tantas que nos ha llevado a la ruina.
Por eso el mareo no se me quita, al ver cómo la factura del despilfarro la vamos a pagar los que no tenemos que ver con él. Cómo al final se echa mano de lo más fácil, que no es otra cosa que recortar sueldos de funcionarios, rebajar la calidad de la enseñanza y la sanidad, acabar con el I+D+i (es decir la investigación), en definitiva, empobrecer más a la sociedad. Mientras los que más tienen vuelven a escaparse, con algún arañazo leve, pero ilesos. Y si no piensen si tiene razón de ser que se siga renunciando al impuesto de patrimonio que grava a los que poseen altas propiedades y se lapide la deducción por vivienda, en el tramo autonómico, que beneficia a los que menos tienen. Por no hablar de la Iglesia Católica, que vive en España como si de un paraíso fiscal se tratase. Cuando a la mayoría de la sociedad civil van a subirle el IBI, la Iglesia, primer propietario de bienes inmuebles, después del Estado, sigue exenta de pagar este impuesto, y otros muchos. O se le da, para la conservación de su patrimonio cultural en la Comunidad Valenciana, la friolera de 150 millones de euros en los últimos diez años; más que para la construcción de infraestructuras educativas.
Es tal el disparate que no les extrañe si empiezan a ver, a partir de ahora, a gente vomitando por las calles, mareadas por la ingravidez que produce tanto desatino. Aunque, quizá se tenga que poner en cuarentena a esta sociedad por la insensatez, que ya se extiende como una epidemia, que mostramos los ciudadanos valencianos y los del resto del país, más preocupados por el subida de impuestos, que por los recortes sin mesura, que sólo nos van a traer menos bienestar y más pobreza.