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domingo 22 de enero de 2012

La California Bananera


Publicado en Levante de Castellón el 20 de Enero de 2012
En la década de las 80 la Comunidad Valenciana se veía en el resto del estado español como una tierra de promisión, de crecimiento económico y bien vivir. Muchos eran los que pensaban que el Levante estaba llamado a ser el motor del desarrollo económico y social del país, con una sociedad muy dinámica que se sostenía en un tejido empresarial moderno y pujante, un clima envidiable para el resto del país, un entramado político social potente y bien estructurado y un reparto de la riqueza encaminado al fortalecimiento del estado de bienestar entre sus ciudadanos, como máxima expresión de su crecimiento. No era ajeno a ello su situación estratégica en el vértice del triángulo geográfico que los expertos señalaban como polo de crecimiento y desarrollo del país, formado por Barcelona, Madrid y Valencia, pasando por Zaragoza, que más adelante se convirtió en cuadrado al incluirse el País Vasco, como cuarto vértice y todo el valle del Ebro.
Podrían ustedes pensar que me estoy dejando llevar por una nostalgia patriótica, de las que defienden que cualquier tiempo pasado fue mejor. Nada más lejos de la realidad. Salvando mi animadversión hacia el patriotismo y toda la parafernalia ideológica que le rodea, esta era una realidad que se vivía con sana envidia fuera de la Comunidad. La prueba es que es en aquellos años cuando empieza el éxodo de muchos españoles hacia el Levante, en busca de una vida mejor.
¿Qué ha sucedido en estas dos últimas décadas, para que de la tierra de oportunidades hayamos pasado a la bancarrota y la destrucción del estado de bienestar? ¿Dónde está la California europea, que nos han vendido durante los últimos años los dirigentes valencianos? Quizá habría que retrotraerse a aquellas famosas conversaciones telefónicas del Caso Naseiro, a principios de los años noventa, en las que los protagonistas de las mismas, con Eduardo Zaplana entre ellos, fijan la doctrina de reparto del botín de los dineros públicos que supone estar en el poder de las instituciones. Recuerden:“estoy en política para forrarme”, “estoy arruinado y necesito hacerme rico” o“le pides dos o tres millones y luego nos los repartimos bajo mano”. Ahí es donde está la esencia, el origen de todos los males que hoy padecemos, y que la dirección del PP en su momento, con José María Aznar a la cabeza y después con Mariano Rajoy no quisieron o no supieron poner fin. Porque lo que ha venido después ha sido el asalto a la caja común de los valencianos, la esquilmación de los recursos públicos, el enriquecimiento personal a cuenta del dinero de todos, la baja calificación moral de unos dirigentes que se han pavoneado de su poder, envuelto en el lujo y el glamur provinciano, pagado con nuestro dinero (también el de los votantes del PP), mientras se dilapidaba el bienestar y el progreso alcanzado en los años anteriores, para concluir en una corrupción galopante que tiene como principales protagonistas a buen número de dirigentes y exdirigentes del PP y del gobierno valenciano.
No se trata de juzgar ahora si la gestión ha sido mala o buena, difícilmente se puede hacer cuando los recursos no se utilizan para las necesidades ciudadanas y el desarrollo social y económico, aunque sí es cierto que en algunos casos se podía haber hecho mejor. Fíjense en la provincia de Castellón, cuántas infraestructuras educativas, sanitarias, de transporte público, de desarrollo social, en definitiva, se podían haber realizado con los 150 MM que ha costado el aeropuerto nonato, que tiene como origen la megalomanía del expresidente de la Diputación, y es el reclamo de una gran operación de especulación inmobiliaria, que pretendía construir 40.000 viviendas residenciales. Una infraestructura aeroportuaria innecesaria, cuando se tiene un aPueropuerto de proyección nacional e internacional a 80 Km de Castellón, que ahora, no sólo sirve de para convertir la provincia en el hazmerreir del país, sino que sigue generando gastos millonarios que no nos podemos permitir.
El dinero fácil para algunos políticos, los herederos de Caso Naseiro, ha conducido a la Comunidad Valenciana casi al rango de República Bananera, arruinada y situada a la cola de las comunidades autónomas. Esa es la herencia que nos han dejado unos dirigentes que han basado su gestión en al latrocinio y el engaño. República Bananera de la que todos somos responsables: unos porque se han beneficiado directamente del clientelismo instaurado por el Partido Popular, otros por haberse cegado depositando su confianza en aquellos, elección tras elección; la oposición con posibilidades de gobernar, es decir el PSPV, en descomposición por las luchas internas que viene sufriendo desde hace quince años, que la están convirtiendo en una organización tribal, dirigida por “señores de la guerra”. En definitiva todos, en mayor o menor medida tenemos nuestra cuota de responsabilidad, por haber permitido que este grupo de dirigentes facinerosos y corruptos lleven años dirigiendo la Comunidad.
Por eso, ahora que los nuevos dirigentes de la Generalitat nos piden sacrificios que atentan contra nuestro bienestar, deben ser conscientes de que primero tienen que acabar con el sistema de hacer política habido hasta la fecha en la Comunidad; eliminar la corrupción futura del horizonte y castigar políticamente, a todos aquellos que han hecho de ésta y el despilfarro bandera de nuestra ruina. No es posible la impunidad porque pertenezca al pasado, como trata de eludir su complicidad con los regalos de la trama Gürtel la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá.