
Artículo publicado en Levante de Castellón el 11 de Noviembre de 2011
En 1992 el politólogo estadounidenses Francis Fukuyama publica el libro “El fin de la Historia y el último hombre”, una exégesis del neoliberalismo capitalista, en plena borrachera tras la caída del muro del Berlín y la desaparición de la Unión Soviética, en el que, básicamente, afirma que las ideologías han muerto, pasando la sociedad a regirse por los principios políticos y económicos del liberalismo. La lectura del libro acaba provocando un sarpullido de voluntarismo capitalista, al creer que todo el orbe va a rendirse a las bondades de las ideas de Adam Smith y David Ricardo, pensadores británicos que pusieron las primeras piedras del pensamiento capitalista, acabándose las tensiones de la lucha de clases que defendía el marxismo de Carlos Marx. Otros hubo que ochenta años antes ya acabaron con esta lucha clases mediante la dictadura del proletariado. Algo importante debe ser la lucha de clases cuando todos quieren acabar con ella, quizá porque los aduladores de pensamientos totalitarios, de ambos bandos ideológicos, saben que en la lucha de clases está la esencia de la democracia y en democracia las ideologías son la sustancia del sistema.
A pesar del fracaso del comunismo soviético y del voluntarismo universitario de Fukuyama, la ideologías no han muerto. Otra cosa es que los poderes fácticos de nuestra sociedad traten de convencernos de ello, jugando a la confusión mental de la ciudadanía, al mezclar en un totum revolutum, dentro del mismo saco política, ideologías, Partidos, economía… y ya saben a río revuelto ganancia de pescadores. Si consiguen que confundamos a unos Partidos con otros (¡todos los Partidos son iguales!) estaremos renegando de las ideologías como construcciones mentales que tratan de interpretar la realidad para buscar soluciones. Si pensamos que todas las ideologías son iguales, habrán conseguido su objetivo de controlar la sociedad mediante la alienación de nuestro pensamiento y la línea que nos separa de las dictaduras de cualquier tipo, incluida la del mercado, se habrá desvanecido, y nos convertiremos en juguetes de unos poderes a los que nadie ha elegido. Siendo más claro, si no somos capaces de separar el trigo de la paja, la democracia está en peligro.
Pero todo este entramado que vienen levantando desde hace treinta años, para acabar con el estado de bienestar y convertir nuestras sociedades en democracias secuestradas (acabaremos volviendo al siglo XIX y se implantarán las democracias censitarias) se derrumba cada año con la elaboración de los Presupuestos Generales, ya sean de Ayuntamientos, Comunidades Autónomas o del Estado. No se dejen engañar por la apariencia de ingenuidad de los mismos, ni por la fatalidad de lo inevitable, tal como nos quieren hacer ver ahora con la crisis. Los Presupuestos son ideología pura, mal que les pese a los seguidores de Fukuyama, y se elaboran en función del pensamiento político de quien gobierna, de cuáles son sus intereses ideológicos y sus prioridades políticas.
En 1977 se firman los Pactos de la Moncloa entre los principales Partidos de la Transición, con el acuerdo de los agentes sociales, por la situación alarmante de la economía española, que ha estado mirando para otro lado desde que en 1973 estallara la crisis del petróleo. En ese momento, muerto Franco, es urgente tomar medidas. Con una inflación superior al 40% y un paro pequeño para las cifras actuales, pero enorme para la época, del 7%, que empieza a reflejar la curva ascendente del desempleo en España de los siguientes años (22% en 1982), debido fundamentalmente al regreso masivo de inmigrantes. Se trata de unos acuerdos que llevarán a la elaboración de Presupuestos del Estado que pongan soluciones a la grave situación de la economía, esa es la prioridad de los agentes sociales y económicos del momento, incluido el Gobierno, siendo el interés de todos salvar la democracia no nata todavía, pero sí en periodo de gestación. Había un claro interés ideológico tanto en los Pactos como en los Presupuestos posteriores.
Ahora, en 2011, se nos presentan Presupuestos de crisis, pero eso no significa que están desideologizados. Estamos en la misma situación que en 1977, con los papeles invertidos: mucho paro e inflación controlada, y resacosos de la borrachera del gasto sin control vivida en este país, que nos ha cegado impidiéndonos ver cuál era la verdadera situación que teníamos. Un problema del que nos son ausentes las Comunidades Autónomas, subsidiarias máximas de la barra libre de la irresponsabilidad económica.
Unos Presupuestos como, por ejemplo, los de la Generalitat Valenciana, basados en recortes, máximo adelgazamiento del gasto y ausencia del aumento de los ingresos, que llevan detrás toda la carga ideológica de la derecha neoconservadora, que hace recaer la crisis sobre los que menos tienen, vía recortes y reducción de servicios públicos, hasta la desestructuración del estado de bienestar; y por otro lado, no aumentando los ingresos, sobre todo mediante una política impositiva de carácter progresivo que haga tributar a los contribuyentes en función de sus rentas y patrimonio. El principio de defensa de los que más tienen, que está en el ADN de la derecha, se cumple a la perfección en este caso, siendo extensiva esa política presupuestaria, a la mayoría de los Ayuntamientos, incluidos los de Castellón, con graves recortes que van a incidir en la calidad de vida de los ciudadanos.
Tengámoslo claro, estos son los presupuestos de la derecha, sin más apellidos. ¿Podría existir otra manera de elaborarlos? Ahí es donde entran las ideologías.
A pesar del fracaso del comunismo soviético y del voluntarismo universitario de Fukuyama, la ideologías no han muerto. Otra cosa es que los poderes fácticos de nuestra sociedad traten de convencernos de ello, jugando a la confusión mental de la ciudadanía, al mezclar en un totum revolutum, dentro del mismo saco política, ideologías, Partidos, economía… y ya saben a río revuelto ganancia de pescadores. Si consiguen que confundamos a unos Partidos con otros (¡todos los Partidos son iguales!) estaremos renegando de las ideologías como construcciones mentales que tratan de interpretar la realidad para buscar soluciones. Si pensamos que todas las ideologías son iguales, habrán conseguido su objetivo de controlar la sociedad mediante la alienación de nuestro pensamiento y la línea que nos separa de las dictaduras de cualquier tipo, incluida la del mercado, se habrá desvanecido, y nos convertiremos en juguetes de unos poderes a los que nadie ha elegido. Siendo más claro, si no somos capaces de separar el trigo de la paja, la democracia está en peligro.
Pero todo este entramado que vienen levantando desde hace treinta años, para acabar con el estado de bienestar y convertir nuestras sociedades en democracias secuestradas (acabaremos volviendo al siglo XIX y se implantarán las democracias censitarias) se derrumba cada año con la elaboración de los Presupuestos Generales, ya sean de Ayuntamientos, Comunidades Autónomas o del Estado. No se dejen engañar por la apariencia de ingenuidad de los mismos, ni por la fatalidad de lo inevitable, tal como nos quieren hacer ver ahora con la crisis. Los Presupuestos son ideología pura, mal que les pese a los seguidores de Fukuyama, y se elaboran en función del pensamiento político de quien gobierna, de cuáles son sus intereses ideológicos y sus prioridades políticas.
En 1977 se firman los Pactos de la Moncloa entre los principales Partidos de la Transición, con el acuerdo de los agentes sociales, por la situación alarmante de la economía española, que ha estado mirando para otro lado desde que en 1973 estallara la crisis del petróleo. En ese momento, muerto Franco, es urgente tomar medidas. Con una inflación superior al 40% y un paro pequeño para las cifras actuales, pero enorme para la época, del 7%, que empieza a reflejar la curva ascendente del desempleo en España de los siguientes años (22% en 1982), debido fundamentalmente al regreso masivo de inmigrantes. Se trata de unos acuerdos que llevarán a la elaboración de Presupuestos del Estado que pongan soluciones a la grave situación de la economía, esa es la prioridad de los agentes sociales y económicos del momento, incluido el Gobierno, siendo el interés de todos salvar la democracia no nata todavía, pero sí en periodo de gestación. Había un claro interés ideológico tanto en los Pactos como en los Presupuestos posteriores.
Ahora, en 2011, se nos presentan Presupuestos de crisis, pero eso no significa que están desideologizados. Estamos en la misma situación que en 1977, con los papeles invertidos: mucho paro e inflación controlada, y resacosos de la borrachera del gasto sin control vivida en este país, que nos ha cegado impidiéndonos ver cuál era la verdadera situación que teníamos. Un problema del que nos son ausentes las Comunidades Autónomas, subsidiarias máximas de la barra libre de la irresponsabilidad económica.
Unos Presupuestos como, por ejemplo, los de la Generalitat Valenciana, basados en recortes, máximo adelgazamiento del gasto y ausencia del aumento de los ingresos, que llevan detrás toda la carga ideológica de la derecha neoconservadora, que hace recaer la crisis sobre los que menos tienen, vía recortes y reducción de servicios públicos, hasta la desestructuración del estado de bienestar; y por otro lado, no aumentando los ingresos, sobre todo mediante una política impositiva de carácter progresivo que haga tributar a los contribuyentes en función de sus rentas y patrimonio. El principio de defensa de los que más tienen, que está en el ADN de la derecha, se cumple a la perfección en este caso, siendo extensiva esa política presupuestaria, a la mayoría de los Ayuntamientos, incluidos los de Castellón, con graves recortes que van a incidir en la calidad de vida de los ciudadanos.
Tengámoslo claro, estos son los presupuestos de la derecha, sin más apellidos. ¿Podría existir otra manera de elaborarlos? Ahí es donde entran las ideologías.

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