domingo 31 de mayo de 2009

Henri Cartier-Bresson

Tres hombres se hayan subidos a un pedestal. Están de espaldas, mirando a un horizonte cercano de edificios. Entre estos y ellos un muro. Aunque no se les ve la cara, su posición, el lenguaje corporal, la mirada fija más allá, nos indican que un compendio de emociones y sensaciones les embarga. Están ante el muro de Berlín y es el año 1963. También hay derrota e impotencia, quizá incomprensión ante la estupidez humana, que les obliga a tener que encaramarse para poder ver el otro lado. Hay un cuarto hombre, el que no se ve, quien detrás del objetivo ha conseguido plasmar para la posteridad esta escena de tristeza y deseo de cruzar la calle, como posiblemente lo hayan hecho cientos de veces a lo largo de su vida. Ese hombre se llamaba Henri Cartier-Bresson, e hizo de su cámara la máquina de levantar acta de lo que sucedió en el mundo en gran parte del siglo XX, como un gran notario gráfico de los acontecimientos mundiales, no desde la perspectiva del poder, sino desde la vida misma, con sus emociones y la cotidianeidad de la gente de la calle, de ciudadanos de a pie, sin dejar margen para la manipulación de la Historia, a la que son tan proclives los poderosos, los vencedores que sustentan su trono sobre el miedo, la miseria y la desinformación.
Toda esta fuerza descriptiva y a su modo denunciante, se puede ver en el Museo de Bellas Artes de Castellón, gracias a la exposición que nos muestra una parte importante de la obra de este hombre que hizo de la fotografía una manera de vivir, y que consiguió convertirla en arte de comunicación.

domingo 24 de mayo de 2009

Sostiene Pereira

“Sostiene Pereira” es una excelente novela del italiano Antonio Tabucchi, que relata la toma de conciencia de un periodista lisboeta de segunda fila, a raíz de contratar a un joven colaborador comprometido con la libertad, en un periodo de la Historia europea marcada por el incipiente fascismo que desde Portugal a Alemania, pasando por España e Italia, se extiende por todo el continente. Se posiciona Pereira a través de necrológicas de grandes personajes europeos, que escribe en su mediocre periódico, frente al autoritarismo que representa la parte más negra de la cultura continental. Es una toma de posición clara y difícil de un ciudadano corriente, ante la apatía que inunda la sociedad europea, incapaz de reaccionar cuando los valores democráticos, con todo lo que ellos suponen, están a punto de irse por el sumidero de la Historia.
¿Qué sostendría Pereira en el día de hoy, inicio de la campaña electoral de las elecciones europeas, ante una ciudadanía apática, al igual que en 1938, que ve cómo la Europa social y democrática, que ha construido durante años, se derrumba frente a la Europa de los mercaderes, batida por los egoísmos nacionales? Imagínense que asomara la cabeza por la Comunidad Valenciana, plagada de una clase dirigente permanentemente enfrascada en cuitas con los tribunales, de unos políticos enrocados en intereses que poco tienen que ver con los de los ciudadanos, y mucho menos con la idea de una Europa fuerte y unida. ¿Iría Pereira a votar, o se quedaría escribiendo la necrológica de un sueño muerto por la cicatería de quienes tendrían que haberlo hecho realidad?

martes 19 de mayo de 2009

Un mar de miradas

Hace unos meses tuve la oportunidad de ver en La Coruña la exposición “El Retrato Español en el Prado. De Goya a Sorolla”; aunque estaba delimitada a un siglo, daba cuenta de la buena salud que el retrato ha tenido en la pintura española a lo largo de la Historia. Una suerte que viniendo de los grandes maestros españoles de los siglos XVI y XVII: El Greco, Velázquez, Zurbarán…, llegó hasta el siglo pasado, en otro momento de máxima expresión del retrato, de la mano de Picasso, Miró, Zuloaga, o Miquel Barceló, entre otros. Se puede decir, entonces, que el retrato es una de los géneros pictóricos más fructíferos e importantes de la pintura española, una tradición que llega al siglo XXI y que ha sabido recoger la pintora madrileña, afincada desde hace treinta años en Castellón, María Olmeda, tal como nos muestra en su excelente colección de retratos que, hasta el 30 de Mayo, se pueden ver en el Centro Cultural Las Aulas de la Diputación de Castellón, con el título: Un Mar de Miradas.
Dice el pintor manchego Antonio López que el retrato es un género muy específico y difícil. Sin embargo viendo la obra de María Olmeda no parece serlo, quizá porque cómo ella bien apunta: “Retratar, es como dibujar los momentos, la vida, el tiempo de cada persona”, y de eso María sabe mucho, de sacarle a cada personaje el alma y plasmarlo en el lienzo. Una dificultad que ella hace fácil, y lo consigue haciendo emerger cada retrato del fondo del cuadro, con tanta delicadeza, que parecen dos notas acompasadas de una minúscula sinfonía, de la que María Olmeda es la genuina directora.

Qué látigo el del negrero!¡

El Roca Negra, barco esclavista de la compañía británica New World Sea Traders, apareció en el interior de la isla de Nueva Guinea, a gran distancia de la línea de costa. Un misterio aun no resuelto que desveló la gran tragedia del comercio de esclavos al encontrar en su interior restos de seres humanos con los grilletes sujetándoles a la pared. De esto hace ya muchos años, sin embargo en las bodegas de El Roca Negra resuenan todavía los latigazos, los lamentos y el llanto de desesperación de los hombres y mujeres que tuvieron la desgracia de ser su pasaje. Todavía sube hasta la cubierta el hedor de los cuerpos sudorosos, hacinados en sus propias heces, por un transporte que les convertía en pura mercancía de la más baja consideración, que tras ser vendida con no poco lucro para el negrero, pasaba a convertirse en mano de obra gratis para el esclavista, del que dependía la vida y la muerte de los esclavos.
Pero El Roca Negra, el Henrietta Marie…, y otros muchos nos son más que actores de uno de los episodios más tristes y vergonzosos de la historia de la Humanidad, que con diferentes formas se ha sostenido desde los Babilonios, hasta nuestros días. Es cierto que sólo después de la Revolución Francesa en 1789 y la Declaración de los Derechos del Hombre, se iniciaron los procesos de abolición, bien instaladas las ideas de la Ilustración en los poderes emergentes que representaba la burguesía, que estaba atareada en una incipiente revolución industrial, a la que ya no le interesaba los esclavos, por la baja tasa de productividad que tenían frente al sistema de remuneración de obreros, que aunque mal pagados y con unas condiciones de vida pésimas, producían más, quizá, porque eran libres. Sin embargo, hasta que Dinamarca en 1792 no abolió la esclavitud, seguida, hasta 1860, por el resto de países europeos, los 30 millones de esclavos trasladados a puertos de las Indias americanas o vendidos a los terratenientes norteamericanos, en compañías legales, amparadas por la legislación de sus países, no dejarán de ser una lacra de la que empezaron a avergonzarse los movimientos abolicionistas surgidos en los siglos XVIII y XIX.
¿Pero podemos decir que hoy la esclavitud ha desaparecido totalmente? Desgraciadamente no. Nuevas formas de esclavismo han ido apareciendo desde su abolición. Si bien es cierto que las instituciones internacionales luchan contra ella, que los gobiernos la tiene abolida oficialmente, la esclavitud el siglo XX y XXI se disfraza para no ser reconocida, aunque es tan difícil ocultarla que muchos gobiernos tienen que mirar hacia otro lado para no verla. La ventaja para los esclavistas actuales es que ahora no tienen que ir a por los esclavos, ellos vienen solitos, además pagando, o los encuentran entre los márgenes más pobres de la sociedad; seres humanos dispuestos a todo con tal de encontrar un salario, por mínimo que éste sea, con el que poder alimentarse o buscar una vida mejor.
Sólo tenemos que asomarnos a la gran explotación de niños que se produce en casi todo el planeta, pequeños humanos que con máxima dedicación al trabajo que se les permite realizar, están llenando las arcas de explotadores terratenientes, multinacionales, o pequeños patronos, sin la posibilidad de una educación que les abra puertas al futuro, sin infancia. Sólo en Latinoamérica 17 millones de niños entre 5 y 17 años son explotados laboralmente, 100 millones en el sur de Asia; en total más de 300 millones en los países más pobres del mundo, con jornadas de 12 y 13 horas. Sin contar las miles de niñas que están en lado más oscuro de la explotación, al tener que vender sus cuerpos como esclavas.
Otra forma de esclavitud actual es la que sufren los campesinos indígenas en las zonas mas pobres del mundo, que sin medios para pagar sus deudas entregan sus vidas a contratistas privados, en un sistema que recuerda mucho a los siervos de la gleva de la Edad Media. Trabajos forzados de 12 millones de personas que están generando 32.000 millones de dólares de beneficio en el mundo. Una práctica de nueva esclavitud de las que son beneficiarias principalmente las multinacionales, que después venden sus productos en el mundo rico.
Pero quizá la forma más denigrante de esclavitud sea la explotación sexual de mujeres; un flujo de personas controlado por mafias que mueve 100.000 millones euros anuales (18.000 millones en España). Una esclavitud que condena a miles mujeres a tener que vender su cuerpo al servicio de explotadores sexuales, sometidas a vejaciones, abusos y palizas. Mujeres que son auténticas esclavas sin posibilidad de escapatoria (en 2004 fueron liberadas en España 1.700, obligadas a ejercer la prostitución por proxenetas sin escrúpulos).
Mujeres, niñas, niños, pobres, campesinos agrícolas, indígenas, son los nuevos esclavos del siglo XX y XXI. Una esclavitud, quizá salvo en el caso de la explotación sexual, que no se ajusta a una definición clásica, como la que da la enciclopedia Encarta 2006: “Estado social definido por la Ley y las costumbres como la forma involuntaria de servidumbre humana más absoluta. Un esclavo se caracteriza porque su trabajo o sus servicios se obtienen por la fuerza, y su persona física es considerada como propiedad de su dueños, que dispone de él a su voluntad”. Pero que por ello no deja de tener el perfil histórico de dominación por la fuerza física o la fuerza psíquica, o simplemente por las urgencias de la pobreza. Nada a cambiado en el fondo ni desde Roma, ni desde el buque El Roca Negra, ni desde las novelas de Émile Zola, Charles Dickens o Victor Hugo, que relataron las nuevas formas de explotación infantil del siglo XIX. Sólo un nuevo maquillaje disimula al esclavo y encubre al esclavista. Por eso es tan importante que la Declaración de los Derechos Humanos sea bandera del mundo globalizado, que los consumidores de los países ricos presionemos a las multinacionales para que pongan fin al sistema de producción esclavista con el que manufacturan sus productos en el tercer mundo. Que lo gobiernos se sientan obligados por los ciudadanos de sus países a encarar el problema y dejen de mirar hacia otro lado. Para que los versos de Nicolás Guillén queden sólo en el recuerdo literario, y no en expresión de la realidad:

¡Qué barcos, qué barcos!
¡Qué de negros, qué de negros!
¡Qué largo fulgor de cañas!
¡Qué látigo el del negrero!

Castellón del siglo XXI

Reflexionar sobre la ciudad es hacer un ejercicio intelectual sobre una de las creaciones más maravillosas de la humanidad: el lugar en el que los hombres y las mujeres encuentran un espacio compresible a su intelecto y ajustado a sus necesidades; es hablar sobre una geografía cincelada a imagen del hombre y por el hombre. Porque la ciudad sólo se puede entender como el lugar donde las personas encuentran seguridad frente a los miedos ancestrales, donde la sociabilidad puede elevarse a la máxima potencia, donde las habilidades humanas encuentran su mayor grado de expresión y refinamiento. Por eso la ciudad es luz, frente a la oscuridad que impone la soledad del campo dominado por la supervivencia y la inseguridad ante la naturaleza, ante la barbarie de otros hombres, ante el oscurantismo intelectual.
La humanidad hace 10.000 años dio un paso de gigante al descubrir la agricultura y dejar de vivir errante, con el único instinto de la supervivencia. Al convertirse en sedentaria estaba a punto de inventar su gran obra maestra, la que condicionaría su historia por los siglos venideros; una obra que ha ido creciendo en magnitud y en aceptación, hasta llegar a la actualidad en la que, según proyecciones de Fondo de Población de las Naciones Unidas en 2007 el 60% de la población mundial residirá en ciudades.
Es gracias a esa luz que irradian las ciudades a quien debemos el avance de la humanidad hacia formas de convivencia más abiertas y aceptadas universalmente, como por ejemplo la democracia, pero también hacia niveles de desarrollo tan elevados que han hecho del resto de los hábitat humanos, polos que giran en torno a la necesidades urbanas, en un principio de las ciudades más próximas, en la actualidad, época de globalización, de cualquier ciudad del mundo. Fijémonos que el gran progreso que hace la humanidad política, económica, cultural y socialmente, a partir del siglo XIX, va ligado, de forma inseparable, al crecimiento urbano. Hoy se nos haría difícil pensar en la democracia si no volvemos la vista hacia los movimientos que reclamaban derechos de los ciudadanos libres de los siglos XVI, XVII y XVIII. Y a nadie se lo ocurría separar el crecimiento de ciudades como Manchester, Barcelona o Detroit, de la industrialización que se produce a partir del siglo XIX; o negar que ciudades como París y Nueva York, ha significado un hito casi en todos los modelos arquitectura urbana de los siglos XIX y XX, respectivamente. En definitiva, es la ciudad quien nos ha modelado, cobijado y engrandecido como ser humanos, quizá por ser una creación humana que a lo largo de la Historia ha tomado su propia autonomía y se ha convertido en el auténtico lugar de convivencia de hombres y mujeres.

Éste es el ámbito histórico en el que nuestras ciudades se forman y crecen, algunas por decisiones políticas, como es el caso de Castellón, tanto en su ubicación actual, que fue concedida por privilegio del rey Jaume I en 1251, trasladándose a la Alquería de Benaribe en 1252, o por su designación como capital de la provincia por Orden Real de 1833, en agradecimiento a su apoyo a los liberales del bando isabelino en las Guerras Carlistas, siendo, a partir de esta fechas, cuando Castellón se empieza a desarrollar como urbe hasta la actualidad, en que nos encontramos con un Castellón situado en el centro de una de las zonas económicas más dinámicas del país y con una potencialidad de proyección fortísima.
Sin embargo, actualmente, nos surge una pregunta ¿está Castellón preparada para afrontar el futuro? Porque, si es cierto que el tejido social y económico de Castellón ha cambiado mucho en estos últimos años, las clases dirigentes, no lo han hecho tanto, y si a mediados del siglo XIX Castellón experimentó un salto hacia adelante cualitativamente importante, gracias al empuje que supuso el liberalismo impregnado en su sociedad, en la actualidad, ese liberalismo de las clases dirigentes, se ha transformado en un conservadurismo cerrado y defensor de sus privilegios, lo que se traduce en una clase política muy a la derecha, poco amiga de las innovaciones, con unas ideas que no van más allá de la conservación de lo que se tiene, y agarrotada ante el futuro. Una clase de dirigentes políticos que ha convertido esta ciudad en el muro de las lamentaciones, con esa postura victimista para la que todo lo malo viene de fuera y todo lo bueno, aunque huela a rancio, viene de dentro.
Durante casi 150 años, salvo periodos muy cortos de tiempo, es la misma derecha conservadora la que ha gobernado en Castellón, y si es cierto, que en determinados momentos esa derecha ha sabido sentar las bases de un progreso posterior, no es menos cierto que han creado en Castellón una esquizofrenia de la que es urgente salir: por un lado la mentalidad abierta y mediterránea de sus habitantes, frenada por la mentalidad cerrada y conservadora de sus dirigentes. Lo que conduce a pensar que si es Castellón una zona de enormes potencialidades de futuro, no parece preparada para transitar por el siglo XXI, por el lastre de una clase dirigente cerrada y ensimismada en su conservadurismo.
Podemos pensar, entonces, que estamos al final de un ciclo político, que Castellón necesita un cambio, para que la ciudadanía se muestre orgullosa de vivir en ella, no sólo por un sentimiento folklorista y de pertenencia a un lugar, sino, también, porque viven en una ciudad donde existe una buena calidad de vida, donde se genera belleza urbana y paisajística, donde el respeto al medio ambiente es elevado, donde la cultura abarca a todos los rincones urbanos y donde puedan mostrar las tradiciones y costumbres con toda la riqueza que tienen, más allá del casticismo trasnochado.
Durante los últimos quince años, Castellón viene siendo gobernada por esa derecha castiza y autocomplaciente que poco ha aportado para superar las claves del futuro. Porque no se trata de gobernar para el día a día, como si el gobierno de una ciudad fuera mera gestión administrativa; gobernar es tomar decisiones en beneficio de la ciudadanía y no ocultar las incapacidades propias en el victimismo político, en echarle la culpa al gobierno de Madrid, al de Valencia, o la de Bruselas.
Hace necesario un cambio que acabe con la pérdida de aliento político que está sufriendo Castellón, que barra para siempre la corrupción de nuestro entorno; existe toda una generación de jóvenes, que sólo ha conocido a la derecha en el poder de la ciudad, y se le está transmitiendo una idea errónea de la ética del poder, al convertirse éste es un nido de corrupciones y corruptelas instaladas en la impunidad y, lo que es más grave, bañadas de normalidad.
La falta de iniciativa hace que Castellón no esté preparada para el crecimiento demográfico, ni siquiera se sabe qué tamaño de ciudad se quiere. No hay iniciativa para el desarrollo innovador y creativo desde los poderes públicos; no hay iniciativa para que Castellón sea una ciudad sostenible y respetuosa con el entorno medioambiental; no hay iniciativa para que Castellón sea una ciudad pensada para la calidad del estado del bienestar y derechos ciudadanos; no hay iniciativa para que Castellón se convierta en una ciudad referente en las relaciones con su entorno y en la oferta de sus excelencias turísticas, culturales, geográficas, climatológicas, gastronómicas, etc.; no hay iniciativa, en fin, para que Castellón sea una ciudad plenamente introducida en las comunicaciones, tanto telemáticas, como viarias, con el resto del mundo.
Después de esta breve radiografía podríamos afirmar que Castellón necesita un cambio, para que el siglo XXI llame a su puerta y podamos abrirla y mostrarle la casa ventilada. Pues la realidad nos dice que no se está sabiendo, o queriendo, aprovechar las sinergias industriales y económicas actuales, para generar riqueza colectiva, por lo cual la calidad de vida de los ciudadanos no está a la altura que debiera, para una de las zonas con mayor dinamismo económico del país. Tampoco se están aprovechando las sinergias culturales que ofrece la UJI, para hacer de Castellón una ciudad académica, cultural y científica. Resulta paradigmático que Castellón viva de espaldas a la universidad después de quince años, sin que sus gobernantes hayan hecho nada por remediarlo, eso cuando no han provocado el enfrentamiento con ella, por razones de oportunidad política.
No se están aprovechando las sinergias turísticas que ofrece el entorno geográfico: montaña y playa con buena climatología, que combinadas con una oferta de ocio, deportes y cultura, pueden convertir a Castellón en un referente turístico del Mediterráneo. Hablando de climatología, tampoco se aprovecha ésta para hacer de Castellón una ciudad sostenible energética y medioambientalmente hablando.
Esto no significa que no se esté haciendo nada, simplemente, que no se está haciendo lo adecuado. No hay soluciones, así los problemas se pudren, así la vivienda para los jóvenes sigue siendo un problema agobiante sin que existan iniciativas políticas que traten de paliarlo, o las conexiones con el Grao son muy deficitarias, en un momento en el que se está tratando de promocionar los aledaños del puerto como zona de ocio. Sin embargo, Castellón es un sitio agradable para vivir, simplemente se puede mejorar con un cambio de dirigentes, que habiendo agotado su ciclo político, ya no tienen nada que ofrecer a la ciudad y sus habitantes.
¿Cómo podemos mirar, entonces, el Castellón del siglo XXI? Principalmente con mirada humanista y de progreso: nada tienen sentido si Castellón no se piensa en clave ciudadana, es decir, como en una ciudad para sus habitantes, como una ciudad compartida, con identidad y mediterránea. Una ciudad que haga que sus vecinos se sientan orgullosos de vivir en ella. Además, en los nuevos tiempos de globalización y de migraciones, Castellón debe ser un espacio de ciudadanía, como ámbito de futuro compartido por gentes diversas.
En definitiva, un Castellón para las personas, las que lo habitan y las que lo visitan.
Para ello Castellón debe cambiar para ganar su futuro, para enfrentarnos al siglo XXI con decisión y con firmeza, un siglo que va a ser el triunfo definitivo de las ciudades, grandes o pequeñas, en el que las relaciones humanas se van a mover dentro de los parámetros urbanos, casi con exclusividad, relaciones de dureza vital, la vida urbana también es difícil, pero también relaciones y vivencias gratificantes, de solidaridad y humanismo. Es entonces, una ciudad como Castellón, que por su tamaño y dimensiones estaría considerada como una ciudad pequeña, la que puede ofrecer una calidad de vida mayor para sus ciudadanos y ciudadanas, pero también para aquellos que decidan pasar temporadas de ocio y descanso en ella.
Pero no nos engañemos, nada viene regalado, ni llovido del cielo, el futuro hay que ganarlo, para lo cual, es imprescindible poner fin al mito recurrente del Castellón marginado y ninguneado, y tener confianza en sus propias capacidades parar mejorar y crear un ámbito de convivencia de calidad.
Hay que saber qué modelo de ciudad queremos, qué lugar queremos ocupar en el arco mediterráneo, en Europa o en el mundo, qué estamos dispuestos a cambiar y qué estamos dispuestos a conservar. Un debate necesario del que tiene que salir la ciudad que va a transitar por este nuevo siglo.
Y condiciones hay para ello. Desde mediados de los años 80, se produce una transformación acelerada en el economía de Castellón: el desarrollo de la industria cerámica, hasta convertirla en un referente mundial; el boom inmobiliario, que está cambiando la fisonomía de la ciudad, y que ha supuesto la explosión de la construcción como factor económico de primer orden; el aumento demográfico, fundamentalmente gracias al inmigración interna y externa, que ha quebrado la cifras de crecimiento poblacional casi negativo; los altos niveles de empleo, que ha convertido a Castellón en una zona de recepción de trabajadores, y por tanto, de riqueza.
Pero también hemos de valorar que Castellón se encuentra en una posición geográfica de privilegio. Una excelente situación en el entorno de los cuatro ejes de desarrollo más dinámicos de la Península: el Arco Mediterráneo, el eje del Ebro, el eje Valencia - Cantábrico y el eje Lisboa – Baleares, enlazando con Madrid. Teniendo en cuento que el eje del Arco Mediterráneo o Arco Latino, que se extiende desde Andalucía hasta el Lacio italiano, nos sitúa en una de las áreas de mayor proyección europea.
Otra condición importantísima para el desarrollo futuro de Castellón es la UJI. La universidad supone un valor añadido para cualquier ciudad, en el caso de Castellón es un plus de futuro con el que hay que saberse relacionar. No es posible que Castellón y la UJI vivan de espaldas, esto es una necedad política de consecuencias nefastas para ambas instituciones, por ello profundizar las relaciones y establecer convenios de colaboración es una urgencia para Castellón; facilitar que la UJI tenga ámbitos de expansión dentro de la ciudad, o que la universidad sirva como elemento de promoción exterior de Castellón, son lujos que nos podemos y debemos permitir.
Hay una última circunstancia en el desarrollo futuro de la ciudad: la inmigración. De la capacidad para controlar el fenómeno e integrar a los inmigrantes depende una parte de la economía de Castellón y la convivencia futura. No ver al inmigrante como una amenaza contra nuestra cultura, nuestra forma de vida o nuestro trabajo. La historia de la Humanidad nos hace ver que el fenómeno migratoria es consustancial a ella; los pueblos han crecido y se han desarrollado con las aportaciones de aquellas personas que por diferentes motivos han tenido que abandonar su hogar, su pueblo y/o su país en busca de un futuro mejor, o una seguridad mayor, hasta el punto de que en al actualidad casi ningún pueblo es étnicamente puro, todos tienen, en mayor o menor medida, una historia cargada de referencias migratorias, en algún momento porque sus habitantes han tenido que abandonarlo convirtiéndose en emigrantes, en otros momentos porque se han convertido en receptores de inmigrantes; esa es la intrahistoria de la humanidad, y nos atreveríamos a decir que son los pueblos que más han recibido el fenómeno de la inmigración los que, a la largo, más han avanzado. España mismamente es el cóctel de una mezcla de culturas, por ello hay que aprovechar este fenómeno con talante abierto y en la perspectiva de que dentro de una o dos generaciones ya no habrá diferencias entre los que estaban y los que llegaron.
Hay construir un Castellón para las personas, en donde todos y cada uno de los ciudadanos pueda desarrollarse como individuo y cumplir sus aspiraciones, pero también se puedan sentir partícipes de un proyecto colectivo: el de construir ciudad, porque, al final, ninguna ciudad es importante si no es capaz de ser ese lugar en donde las relaciones humanas son también relaciones sociales, en donde el trabajo tiene un sentido colectivo. Decía el profesor Tierno Galván: todos tenemos nuestra casa, que es el hogar privado; y la ciudad, que es hogar público. Es por eso que resulta importante trabajar por un Castellón de calidad, como marca de la ciudad, en donde el aumento de la calidad de vida de sus ciudadanos sea el principio básico de toda actuación de los poderes públicos y privados, y en donde cada ciudadano cada vez que sale a la calle se sienta como en casa, porque tiene la sensación de que parte de esa ciudad se debe a su participación en el colectivo urbano.
De ahí la importancia de conseguir una ciudad cohesionada, que facilite las comunicaciones urbanas y permita el desarrollo de calidad de todos aquellos aspectos que afectan a la vida de los ciudadanos: la seguridad, la vivienda, las actividades deportivas, el ocio, el urbanismo, la atención a los dependientes, el transporte público, el ocio, la actividad comercial, etc. Una ciudad que potencie la participación ciudadana, como máxima expresión de la integración ciudadana en los estructuras de decisión urbana; pero que también sea capaz de educar en valores de tolerancia hacia las personas diferentes por razones de raza, sexo y opción sexual, discapacidad, etc., con una administración cercana a los ciudadanos, que facilite y simplifique las gestiones administrativas, para que estas no sean un calvario cada vez que se ha de hacer trámites burocráticos. En definitiva, convertir la ciudad en algo que, más allá de las estructuras urbanas y arquitectónicas, sea un lugar de convivencia y solidaridad, un espacio en donde la calidad de vida de sus ciudadanos y el bienestar social sean el objetivo de cualquier actuación de los poderes públicos y políticos.
Sin embargo hay algo más: Castellón no puede afrontar el siglo XXI sólo como una ciudad cohesionada y modélica en sus relaciones internas. Es preciso, que sea capaz de enfrentarse al futuro con una mirada también exterior, para construir un Castellón que sea referente en su entorno de poblaciones metropolitanas o lo suficientemente sugerente y atractivo para visitantes y turistas. Hay que extender la idea de Castellón de Calidad en el exterior, pero también sentar las bases de un modelo turístico que traiga visitantes, un modelo respetuoso con el medio ambiente, pero con una marca de excelencia, que vaya más allá de lo que ya tenemos: playa, sol y montaña, y se desarrolle en ámbitos de calidad de la oferta cultural, del ocio, del turismo de congresos y profesional, de la gastronomía, o de la belleza paisajística y urbana.
Pero también hay que mirar a nuestro entorno más inmediato y asumir el papel de liderazgo que la historia le ha concedido, no para destacar sobre el resto, si para avanzar conjuntamente por un proyecto metropolitano cohesionado y solidario.
Para prosperar en ese Castellón referente es necesario un Castellón bien comunicado, no se puede cohesionar el área metropolitana o traer visitantes si el sistema de relaciones y transporte es deficitario. La forma de relación de una ciudad con su entorno cercano o lejano reside en una buena red de comunicaciones, que haga que el flujo de personas, mercancías, ideas, proyectos y conocimiento sea rápido y efectivo. Hay que tener en cuenta que vivimos en un mundo globalizado y la fluidez de las comunicaciones es esencial para el desarrollo económico, social y cultural de un territorio. Desde esta perspectiva no podemos entender a Castellón al margen de su entorno metropolitano o área de influencias mutuas, ya que el progreso de las grandes ciudades está estrechamente ligado con su hinterland.
Alcanzar la excelencia de las relaciones exige planificar también interiormente. La facilidad para moverse por la ciudad debe abarcar a todos los grupos sociales: niños, mayores, discapacitados, visitantes, etc. Para lo cual no se puede entender la ciudad sin un diseño urbano exento de barreras arquitectónicas, y una red de transporte público adaptado, cómodo ágil y barato, que abarque todos sus rincones.
Es esencial también la existencia de unos buenos medios de comunicación que, salvaguardando los intereses empresariales, sean democráticos y abiertos a la sociedad y sus problemas. Se deben articular mecanismos para que los medios de comunicación radicados en la ciudad no dependan de la voluntad del político de turno para acceder a subvenciones o publicidad institucional, eliminando así la manipulación de la información a la que algunos políticos están tan habituados, bajo la presión económica sobre los medios. También debemos entender la comunicación en el contexto actual, en el que Internet ha irrumpido propagando una auténtica revolución. El fomento de Internet y las comunicaciones electrónicas no sólo significa ser modernos y estar en lo último de las comunicaciones, significa utilizar un instrumento de relaciones sociales y económicas de consecuencias incalculables, pero también significa, potenciar una herramienta de democratización de las comunicaciones, de alcance impensable.
Por último no se puede pensar en un Castellón relacionado sin una buena red de conexiones ferroviarias y viarias con el entorno, mediante el desarrollo de las cercanías o el tranvía interurbano, o las autovías que conecten las principales poblaciones del área metropolitana, con el fin de mejorar los accesos y evitar los atascos de entrada y salida, que tanto tiempo hacen perder, o las largas esperas actuales del transporte público. La mejora de la red de carreteras autonómicas y estatales, el aeropuerto, o el AVE, son infraestructuras esenciales para mejorar nuestra conectividad con el exterior. De nada sirve ofertar un producto excelente si no es posible acercarlo a los potenciales visitantes.
Sería un error pensar en el Castellón del siglo XXI sin detenerse en la innovación y la creación. La decidida apuesta de la UE por le I+D+i como factor de competitividad en la economía globalizada mundial, hace que los próximos años haya un flujo de dinero considerable para la puesta en marcha de proyectos de investigación y desarrollo. Castellón es una ciudad con unas característica inmejorables para entrar de lleno en este terreno: buenas comunicaciones, empresariado emprendedor, universidad que apuesta por la innovación, inmejorable situación estratégica en el Mediterráneo y en el triángulo Valencia-Zaragoza-Barcelona y próximamente a poco más de una hora de Madrid por tren, y la potencialidad de comunicaciones que da el futuro aeropuerto. Por ese es necesario aprovechar estas sinergias desde los poderes públicos y apostar por el I+D+i, para entrar de lleno en la innovación que supone la investigación y el desarrollo. Las ciudades que apuesten por este camino habrán entrado de lleno en el futuro que nos depara el siglo, añadiendo un plus de calidad a sus otras excelencias.
No hay que olvidarse de la creación, el espíritu creador a movido civilizaciones situándolas por encima de las inmovilistas y complacientes con lo que tienen. Crear es avanzar: en las artes, en la economía, en la filosofía, en la política…, es un torrente de innovación que mira al futuro. Castellón tiene varios ingredientes que le pueden permitir impulsar la creación: la universidad, la empresa, una sociedad dinámica y una juventud preparada y con ganas de hacer cosas interesantes, sólo falta que los poderes públicos den el empujen que necesitan todos estos factores para poner en marcha el espíritu de creación que potencialmente existe en nuestra sociedad.
Por último, no se podría cerrar este círculo de futuro sin mirar el medioambiente. La sociedad está cada vez más concienciada con los problemas medioambientales, quizá porque se está tomando conciencia de que la salud futura del planeta y, por tanto, nuestra salud, depende de una buena gestión de los retos ecológicos. Castellón debe ser una ciudad sostenible, no es posible definir un Castellón para las personas olvidando el medioambiente, primero porque en este terreno cualquier iniciativa sirve para mejorar las condiciones ambientales; segundo porque las exigencias internacionales (Protocolo de Kioto) nos obligan a cumplir demandas que no se pueden obviar.
Castellón necesita definir su política medioambiental para convertirla en una ciudad verde y eficiente energéticamente; una política que reoriente las relaciones de la Administración con la industria contaminante (en este aspecto la negociación es necesaria); una política que fomente la sostenibilidad de los recursos hídricos y la gestión responsable de los residuos (habría que retomar la idea de las tres r: reciclar, reducir, reutilizar); en definitiva, apostar por una ciudad saludable, en connivencia con todos los sectores sociales implicados: vecinos, empresarios, centros educativos, administraciones públicas, agentes sociales, etc.

En conclusión, mirar con confianza el Castellón del siglo XXI es plantearse el futuro desde una perspectiva distinta, partiendo del convencimiento de que el ciclo político de la derecha conservadora y tradicional, que durante casi 150 años ha gobernando esta ciudad, ha terminado. Esto supone un cambio en la clase dirigente que sea capaz de llevar la ciudad, por esta centuria que se abre, con éxito, mediante nuevas propuestas de organización social y económica, que tengan como principio fundamental construir el Castellón de las personas, profundizando en el estado de bienestar, los derechos ciudadanos y la administración eficiente, pero también potenciando las relaciones con el entorno metropolitano, asumiendo un liderazgo democrático.
Es preciso que entendamos qué sólo desde el humanismo democrático y el progreso económico y bien distribuido entre sus ciudadanos, habrá merecido la pena este viaje por el siglo XXI. Un viaje necesario, porque no hay otro posible. La otra opción es la de la pérdida de sinergias, y el fin del desarrollo económico y social. Algo que acabaría con las esperanzas de convertir Castellón en una zona privilegiada para vivir y desarrollarse como individuos.
El tren del futuro que nos va a transportar por el siglo XXI está llegando a la estación, cogerlo o no depende de nosotros.

Constitución europea y derechos ciudadanos

El día 20 de Febrero los españoles tenemos una cita con la historia. Quién nos iba a decir hace 30 años que tendríamos la oportunidad de situarnos a la cabeza del proceso de ratificación mediante referéndum de la, entonces impensable, Constitución Europea, cuando nuestras aspiraciones democráticas se vinculaban a Europa y suspirábamos por entrar en la Comunidad Económica Europea.
Todos estos años, ya como miembros de pleno derecho del club europeo, han servido para consolidar nuestra democracia y aumentar nuestra cultura política, de tal forma que el “si quiero” dado en 1986, ciegos de deseo, debe habernos conducido a un voto meditado y fundamentado en el conocimiento de lo que votamos. No quiere decir esto que tengamos que conocer artículo por artículo el Tratado de Constitución Europea, por otro lado, largo, tedioso, y en algunos casos farragoso, pero si hemos de saber cuál es el espíritu de la Constitución, qué representan en la historia europea, si avanzamos en derechos políticos con ella, qué valores la sustentan y sobre todo qué ganamos los ciudadanos y ciudadanas europeas con ella.
Yendo por partes hemos de decir que el espíritu de la Constitución recoge la andadura de Europa a través de su Historia, que abría que definirla, desde el punto de vista de los derechos políticos como el camino hacia la ciudadanía desde la democracia ateniense, que solo reconocía estos derechos a una parte de sus habitantes, época desde la que se inicia un proceso largo de conquista de derechos ciudadanos hasta que la Revolución Francesa irrumpe en toda Europa extendiendo la carta de ciudadanía política a casi todos los ciudadanos, las mujeres tendría que esperar al siglo XX para alcanzar la equiparación de derechos. Es a lo largo de este siglo cuando se consolidan las democracias europeas nacionales, dando paso después de la barbarie de la II Guerra Mundial, a un proceso de unificación europea nacido en 1957 con el Tratado de Roma, que ha ido encaminado a superar las divisiones nacionales hacia un proyecto común en el que los europeos adquiriremos carta de ciudadanía común, una vez ratificado el Tratado de Constitución, y por tanto equiparación de derechos para todos.
Si la Constitución Europea no es le fin del camino, todavía queda mucho por recorrer, el paso no es baladí, ya que al convertirse la UE en una entidad con personalidad jurídica supone que todos los ciudadanos y ciudadanas de la misma quedamos amparados por los mismos derechos, ya se haya nacido en España, en Irlanda o en Lituania, derechos que vienen recogidos en la Parte II de su articulado y que se definen en la protección de las minorías: infancia, mayores, de creencias, etc., la igualdad de género, la libertad de expresión, de reunión y de asociación, el derecho a una vida digna, la prohibición absoluta de la tortura y la pena de muerte…, pero también, como recoge el art. 235, la protección de los consumidores, para garantizar sus salud, su seguridad y sus intereses económicos. Al instituir una entidad superior que velará por nuestros derechos no sólo los afianzamos sino que adquirimos la posibilidad de recurrir a las instancias comunitarias cuando consideremos que en nuestros países alguno de éstos se está vulnerando, aumentando así nuestras garantías jurídicas.
Nuestro fortalecimiento como ciudadanos da un paso de gigante con la Constitución Europea, pero quizá sólo por el espíritu que se declara en su artículo 2, ya merece la pena su aprobación, a saber: “La Unión se fundamenta en los valores de respeto a la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el Estado de derecho, y el respeto a los derechos humanos, incluidos los derechos pertenecientes a las minorías.” Estos son los valores por los que los europeos hemos de sentirnos orgullosos y la verdadera identidad de Europa, más allá de las identidades culturales locales, también esenciales al aportar diversidad en la unión y pluralidad, lo que viene a decir riqueza cultural y humana.

La ciudad como espacio de convicencia y bienestar

Decía el poeta británico William Cowper que “Dios hizo el campo y el hombre la ciudad”. Esta verdad, que puede parecer de Perogrullo, no deja de tener un significado profundo, en cuanto que equipara al hombre a la condición divina, ya que si Dios realizó el milagro de la naturaleza, territorio de donde surge el campo, el hombre fue capaz de inventar un espacio más acorde con sus necesidades y sus miedos, de ahí que el origen de las ciudades haya que situarlo en la búsqueda de protección de los hombres frente a la inseguridad que produce la intemperie del campo, ya sea ésta metafísica o real, pero también para encontrar un lugar que pudiera cubrir sus necesidades más básicas de supervivencia. Esta soberbia humana de situarse al mismo nivel del Creador es lo que ha llevado a la Iglesia a condenar la ciudad como un lugar de vicio y pecado, frente a la pureza del campo y la simplicidad de sus gentes fácilmente influenciables por la palabra de Dios.
Pero guste o no guste, tal como decía el magnífico arquitecto del neoracionalismo italiano Aldo Rossi “hay que entender la ciudad como lo humano por excelencia” y ahí es donde empiezan los problemas, ya que la construcción de ésta exige esfuerzo, inteligencia y planificación, y no siempre ha sido así a lo largo de la Historia.
La ciudad no es sólo un espacio geográfico de asentamiento humano, en el que sin más reglas, cada uno puede actuar a su libre albedrío. No. Es un lugar de encuentro, de supervivencia colectiva, la suma ordenada de muchas individualidades en aras de un mayor bienestar, en el que la arquitectura, el urbanismo, el abastecimiento, la salud, la educación, la economía, los servicios, la cultura y la convivencia ciudadana tienen que interactuar. Es el lugar en el que hombres y mujeres se sienten dueños de si mismos y de la sociedad que les rodea, al adquirir la condición de ciudadanos que la ciudad otorga. Por ello, saltándonos el proceso de formación histórica de las ciudades hasta nuestros días, nos encontramos que en estos primeros años del siglo XXI la sociedad es urbana por excelencia y la carta de ciudadanía se incorpora al Derecho de los pueblos como una conquista de libertad y de derechos sociales. Decía Felipe González en un reciente artículo que “ la ciudadanía como fundamento de la convivencia garantiza la igualdad entre todos, el respeto a la pluralidad de las ideas, e incluye el reconocimiento del sentimiento de pertenencia” Pero no es solamente esa la grandeza de la ciudad, también ésta cumple el papel de ser ámbito de desarrollo social, económico y cultural, en definitiva un lugar, creado por los hombres a su imagen y semejanza, para su desarrollo como individuos, que da sentimiento de pertenencia a una colectividad y que puede garantizar los pilares básicos de nuestro bienestar.
Son pues nuestras ciudades espació de convivencia definidos por la arquitectura y el urbanismo como elementos vertebradores de su ordenamiento. Volviendo a Aldo Rossi, decía que “es necesario que la arquitectura se convierta en parte de la ciudad, que llegue a ser ciudad”, puesto que va a definir el desarrollo social y económico de la misma, modelando el espacio urbano en función de las diferentes voluntades políticas. No es lo mismo un tejido urbano basado en la especulación y el desarrollismo económico, que un modelo basado en la integración de los diferentes ámbitos ciudadanos, siempre definidos en cuanto a su posición como clase social, o un modelo de desarrollo sostenible, respetuoso con el medio ambiente y la calidad de vida de las personas. La integración de los barrios en el tejido urbano, la definición de áreas de expansión económica, la construcción de edificios singulares como elementos arquitectónicos de ordenamiento del territorio existente a su alrededor, la tipología del comercio, o las zonas verdes, van a configurar, desde la arquitectura y el urbanismo una ciudad determinada, concebida para mejorar la calidad de vida de sus habitantes, o no, y por tanto capaz de sumar enteros en el sentido de pertenencia de éstos a una colectividad definida por su ciudad, o de generar un sentido de rechazo y agresividad hacia su entorno. Por ello el urbanismo y las arquitecturas que impulsa son esenciales para la convivencia. Pero no una arquitectura cualquiera, o trasnochada. El diseño arquitectónico debe estar en sintonía plena con su tiempo y no caer en la añoranza melancólica de lo antiguo, como única fuente de belleza urbana. Los edificio antiguos se construyeron para cumplir una función en la ciudad de su tiempo, y aunque alguno son de una belleza exquisita, deslumbrante, no dejan de pertenecer al pasado de la ciudad, que hay que respetar y conservar: las casco antiguos hay que mimarlos porque son frágiles ante la presión económica de hoy, y darles una función que los mantenga en pie y útiles, más allá de una mera asignación decorativa. Pero la ciudad actual debe apostar por una arquitectura valiente y moderna, tanto en su expresión pública como privada, no hay que tener miedo a las edificaciones vanguardistas o en altura, éstas siempre que no se utilicen para especular con el suelo y si para liberar espacio de ocio y esparcimiento. La singularidad de los barrios o los edificios también da sentido de pertenencia a un lugar.
Pero no sólo de arquitecturas se nutre una ciudad. Una red de transportes ágil, cómoda, eficiente y barata, que prime sobre el transporte privado y que sirva de integración entre la periferia y el centro, es esencial para un desarrollo equilibrado del espacio urbano, pero también para la convivencia entre los diferentes grupos sociales, y la sostenibilidad medioambiental; las ciudades del este siglo tienen un papel principal a la hora de plantearse políticas reductoras de la contaminación medioambiental y acústica.
La cultura como propuesta vertebradora del ocio y el enriquecimiento intelectual; la participación ciudadana como instrumento democrático para la resolución de problemas; los servicios sociales como elemento de integración de las clases más desfavorecidas o con problemas de dependencia; la seguridad como factor de convivencia y no de represión; los parques y jardines como lugares de esparcimiento y relax; todos ellos y otros muchos conforman ese espacio maravilloso que hemos dado en llamar ciudad, que sólo se puede entender como la geografía física y espiritual en el que hombres y mujeres podemos desarrollarnos libres y mejorar nuestras cuotas de bienestar social, porque las ciudades desde que nacieron no han parado de crecer, quizá porque los hombres tenemos más confianza en nuestra capacidad de generar seguridad y bienestar, que en la intemperie del campo sometido a la voluntad divina. Y Dios no parece enfadarse.

Invierno en Nueva York



La primera sensación que se tiene al llegar a Nueva York es el enorme espacio que ocupa el aeropuerto y la luz naranja del ocaso invernal, que la da un aspecto cinematográfico, con un color que hemos visto cientos de veces en el cine y que aquí descubres que no es un artificio fotográfico, sino que es real. Sucede como cuando se está llegando al desierto del Sahara y de repente aparece una gran masa naranja y uno se da cuenta que no se trata de la luz, sino que éste es el color natural de la arena.


Esa visión cinematográfica ya no te abandonará en todo el tiempo que estés allí. Es una sensación como de estar dentro de una película en la que no hay guión, ni argumento, ni celebridades, sino más bien que tu eres todo eso con el decorado de la ciudad al fondo; es como si un niño hiciera un viaje y de repente se encontrara en “El País de Nunca Jamás”. Por eso es muy difícil escaparse a la fascinación nerviosa que se siente al poner el pie en suelo neoyorquino según sales del avión y empiezas a ver policías de película, coches de película, autopistas de película, edificios de película... todo igual que en el cine, pero con la gran diferencia que eres tú el que está dentro de la pantalla. Una realidad irreal a la que cuesta sobreponerse un rato largo y que sólo se consigue tras palparse varias veces y tomar conciencia de que tu cuerpo está allí contigo y que no hay ni película, ni escenario, ni cámaras, y que el policía que está frente a ti, interrogante sobre los motivos de tu estancia, es real, y que los negros tocados de gorra que están a la caza de tus maletas también son de carne y hueso.
Desde el taxi veo la ciudad y hay tres cosas que me llaman la atención: la primera los coches, son enormes; la segunda que lo que veo no difiere en nada de cualquier ciudad europea, atravesamos Queens por un enjambre de autopistas y edificios vulgares que se pierden en la lejanía; la tercera es un impacto visual que se produce al ver Manhattan desde lejos como una imagen fantástica de grandes edificios agolpados, dibujados en la noche por miles de luces que salen de las ventanas iluminadas. Después al entrar en la Gran Manzana, subir por la Segunda Avenida, cruzar el Central Park y encontrarte metido de lleno en ese gran bosque de colosos de acero y hormigón te das cuenta de que el mito existe y a partir de ese momento pasas a formar parte de él.

Es Nueva York una ciudad que no deja de sorprenderte, aunque decir Nueva York es tratar de abarcar demasiado para lo que va a ser el terreno de acción de un turista, quizás abría que ser más concreto y hablar de Manhattan, un espacio más humanamente asequible, a pesar de la grandiosidad de sus edificios y sus espacios abiertos. Y no deja de sorprender, porque, en contra de lo que se pueda pensar, nunca se siente uno agobiado por estar rodeado de gigantes, es como si estuvieran allí para protegerte de un territorio bastísimo, en donde la naturaleza se hace enorme, inalcanzable por su amplitud, su claridad y su climatología. Entre calles y avenidas, trazadas en una cuadrícula prefecta, uno se siente a salvo porque sabe que esos grandes guardianes que te obligan a levantar la cabeza hasta que la nuca toca con la espalda, no te van a fallar y ves como la luz del sol resbala por las fachadas hacia abajo e ilumina la vida, la inmensa vida que discurre por sus calles, con una vitalidad que de día y de noche te baña el alma y de la que ya no puedes escapar. Esa es la gran magia de esta ciudad: la vida que sus gentes derraman por todos los rincones, ya sea en las avenidas que la cruzan de arriba a abajo, en las calles que la atraviesan del Río Hudson al East River, en las tiendas colmadas de gente, en los establecimientos de comida, abiertos a todas horas, en la rapidez y la racionalidad con que circula el Metro. Todo un universo de gentes que van y vienen en un caos organizado en donde la apariencia de la indiferencia se rompe cuando te das cuenta de que todo el mundo se fija en todo el mundo y nadie pasa desapercibido, pero en donde también nadie se asombra de lo que ve y se respira un enorme respeto por las personas que te rodean.
Al sumergirte en el río humano te das cuenta de que existe un equilibrio entre urbanismo, gentes y arquitectura, solo capaz de romperlo hechos tan luctuosos como los del 11-S y entonces se comprende por qué aquel acontecimiento supuso un drama social de consecuencias todavía no superadas, a raíz del cual los neoyorquinos vieron como esa armonía urbana se rompía, y se generaba miedo, tranquilizado, de alguna manera, con un ingente número de policías, de todo tipo, desparramados por las calles de la ciudad.

Nieve. Invierno en Nueva York. Nieve, nieve, nieve, la nieve cae intensamente durante días, sin parar, y toda la ciudad se transfigura. Al principio resulta hermoso ver el Central Park cubierto de un manto blanco, las calles cambian su fisonomía, ahora son rectas pintadas de blanco, holladas por las rodaduras de los coches que van y vienen imperturbables al fenómeno meteorológico. Cuando se mira desde la distancia da la sensación de estar dentro de una bola de cristal de esas que cuando las agitas la nieve revolotea entre los rascacielos hasta posarse en el fondo, lo único que aquí la bola es agitada sin solución de continuidad. Pero la belleza del contraste que se produce entre los edificios posados sobre el manto blanco se acaba volviendo incómoda y un simple paseo por la 5ª Avenida o por Times Square se hace arduo. Mientras, el viento hace que la nieve te golpee en la cara y el frío es intensísimo. Solo Central Park, un inmenso pulmón con medio millón de árboles, parece estar en sintonía con la nieve. La naturaleza recibe bien a la naturaleza.
Sin embargo la ciudad sigue, no pierde su ritmo, y el ir y venir de gentes y coches no cesa, cada uno en sus asuntos, como si la nevada no fuera con ellos, acostumbrados a inviernos que a los europeos del sur nos pueden resultar exóticos, por la dureza de la climatología.
Después cesará de nevar, saldrá el sol y una luz intensa se apoderará de todo cuanto habita la urbe. Otra vez la luz, algo que Nueva York tiene con generosidad para solaz de sus habitantes y regalo a sus visitantes.

Pasear por Nueva York es una experiencia que hay que vivir al menos una vez en la vida. Es entrar en un mundo plagado de contrastes, que nuestros sentidos tardan en asimilar un tiempo, quizá cuando ya de vuelta a casa empiezas a ordenar sensaciones e imágenes. Desde el lujo, casi insultante de la 5ª Avenida, rebosante de tiendas, hoteles y edificios de oficinas imposibles para la mayoría de los mortales, a la belleza escéptica y pobre de Harlem. Nada que ver tiene la calle 42, con su trasiego humano en torno a la Grand Central Terminal, estación que irradia viajeros a todos los puntos de la ciudad, con la tranquilidad del Greenwich Village, lugar de intelectualidades y bohemios trasnochados. El bullicio de Times Square, envuelto entre grandes carteles luminosos trepando por los edificios y salas de teatro abigarradas en la que quizá sea la mayor concentración de espectáculos teatrales del mundo, contrasta con la placidez de Central Park, inmenso territorio de naturaleza forjada por el hombre para solaz y reconciliación consigo mismo de los neoyorquinos, flanqueado por dos barrios residenciales a derecha e izquierda: Upper West Side y Upper East Side, en los que el silencio urbano es norma. Wall Street y el cogollo de calles abigarradas y estrechas que conforman el centro financiero de la ciudad y probablemente del mundo, queda apaciguado, en poco metros, con el espacio abierto del Puente de Brooklyn sobre el East River y el South Street Seaport, espacio en reconversión que alberga una de las zonas comerciales y de ocio, con el Piere 17 a la cabeza, de más en boga en la ciudad. En pocos metros también podemos pasar del bullicio frenético de compras en Chinatown a la calma de Little Italy, un lugar reducido en donde los restaurantes de cocina italiana son una actividad exquisita. Se puede pasar, con solo ir de babor a estribor en el ferry de ver la Estatua de la Libertad en medio de la confluencia de los dos ríos que rodean la Gran Manzana, como un estandarte solitario, a la visión de rascacielos agolpados que invaden el Lower Manhattan. Y así sin descanso, en una orgía de sensaciones agotadora de nuestra capacidad de asimilación, pero estimulante para el espíritu.

Neoyorquinos. Una marea humana invade a diario las calles de Nueva York. Como Machado van de su corazón a sus asuntos. Un tráfico paralelo de gentes de distinto pelaje se detiene en los semáforos a la espera del “walk”, cruza y atraviesa la ciudad entre los vapores de taxis, los hay a miles, y coches particulares. Van y vienen tejiendo una tupida malla de seres que dan vida a ésta ciudad, porque lo que realmente es la savia que le da vida son sus gentes: blancos muy blancos, negros enormes, chinos con el ábaco en la cabeza, hispanos en permanente crecimiento, europeos finolis, asiáticos que buscan un lugar en un mundo que les resulta extraño, judíos, cristianos, musulmanes, budistas..., todos caben y nadie desentona, todos respiran el mismo aire y todos contribuyen a mantener la ciudad viva, pero cada uno reserva el espíritu de su cultura como una salvaguarda para conservar su identidad personal, en un lugar que tiene como identidad común la de todos. Es una mezcla de sabores que tiene como resultado el sabor del tutifruti, o la macedonia, aunque al final cada uno se refugie con los suyos, así nos encontramos con el barrio de los judíos, el de los negros, los hispanos, los chinos, etc. Quizá porque la ciudad todavía conserva recuerdo de sus orígenes como gran urbe, cuando llegaban inmigrantes de todos los lugares del mundo y fueron distribuyéndolos por zonas. Ahí está todavía la Isla de Ellis, convertida en museo de un pasado cercano que hizo posible la Nueva York que hoy conocemos: multirracial, multicultural y multilingüística. Debates de rabiosa actualidad en Europa como la sociedad multicultural les debe sonar a discusión de viejos ociosos. Por eso en Nueva York no es difícil entenderse en tu idioma, se puede comer a cualquier hora y cualquier cosa (una de las cosas que más sorprende es que se puede comer al peso, no se paga por lo que se coma sino por la cantidad que se coma), se puede asistir a cualquier evento cultural de cualquier lugar del planeta, o a una síntesis de todos y el turista tiene la sensación de que la ciudad se construye asimisma día a día para satisfacer las necesidades de sus ciudadanos, tengan el origen que tengan.

El gran contraste. Son muchos los contrastes que ofrece, pero el más impresionante, por el que solamente por él merece la pena ir, es el efecto que produce estar en la calle, bajo esos enormes rascacielos que te hacen sentir realmente pequeño y en poco tiempo estar encima de la gran ciudad. La visión que se ofrece a la vista desde el mirador del Empire State Building es sobrecogedora, sobre todo si se produce al final de la tarde, cuando todas las luces de la ciudad ya se han encendido. El impacto para los sentidos es excitante. Ver como los edificios que un rato antes te empequeñecían, ahora está a tus pies. Un paisaje de luces de colores que abarca todo el horizonte y te hace sentir, desde la impresionante atalaya del piso 86, el rey del mundo, queriendo gritarlo a los cuatro vientos, emulando a Di Caprio en Titanic.

Probablemente una estancia más prolongada en Nueva York iría revelándonos poco a poco el lado oscuro de la ciudad, siempre hay un reverso de la medalla que descubrir, pero esa no es tarea del turista, que en definitiva va a ver y recibir impresiones del lugar visitado, cuanto más gratas mejor, y esta ciudad las ofrece por doquier, a plena satisfacción. Que éstas cubran las expectativas depende de cada uno. Pero lo cierto es que esta ciudad no deja indiferente a nadie y para siempre abandonará la pantalla de cine para ocupar un lugar en el corazón de todo aquel que la visite.