martes 19 de mayo de 2009

La ciudad como espacio de convicencia y bienestar

Decía el poeta británico William Cowper que “Dios hizo el campo y el hombre la ciudad”. Esta verdad, que puede parecer de Perogrullo, no deja de tener un significado profundo, en cuanto que equipara al hombre a la condición divina, ya que si Dios realizó el milagro de la naturaleza, territorio de donde surge el campo, el hombre fue capaz de inventar un espacio más acorde con sus necesidades y sus miedos, de ahí que el origen de las ciudades haya que situarlo en la búsqueda de protección de los hombres frente a la inseguridad que produce la intemperie del campo, ya sea ésta metafísica o real, pero también para encontrar un lugar que pudiera cubrir sus necesidades más básicas de supervivencia. Esta soberbia humana de situarse al mismo nivel del Creador es lo que ha llevado a la Iglesia a condenar la ciudad como un lugar de vicio y pecado, frente a la pureza del campo y la simplicidad de sus gentes fácilmente influenciables por la palabra de Dios.
Pero guste o no guste, tal como decía el magnífico arquitecto del neoracionalismo italiano Aldo Rossi “hay que entender la ciudad como lo humano por excelencia” y ahí es donde empiezan los problemas, ya que la construcción de ésta exige esfuerzo, inteligencia y planificación, y no siempre ha sido así a lo largo de la Historia.
La ciudad no es sólo un espacio geográfico de asentamiento humano, en el que sin más reglas, cada uno puede actuar a su libre albedrío. No. Es un lugar de encuentro, de supervivencia colectiva, la suma ordenada de muchas individualidades en aras de un mayor bienestar, en el que la arquitectura, el urbanismo, el abastecimiento, la salud, la educación, la economía, los servicios, la cultura y la convivencia ciudadana tienen que interactuar. Es el lugar en el que hombres y mujeres se sienten dueños de si mismos y de la sociedad que les rodea, al adquirir la condición de ciudadanos que la ciudad otorga. Por ello, saltándonos el proceso de formación histórica de las ciudades hasta nuestros días, nos encontramos que en estos primeros años del siglo XXI la sociedad es urbana por excelencia y la carta de ciudadanía se incorpora al Derecho de los pueblos como una conquista de libertad y de derechos sociales. Decía Felipe González en un reciente artículo que “ la ciudadanía como fundamento de la convivencia garantiza la igualdad entre todos, el respeto a la pluralidad de las ideas, e incluye el reconocimiento del sentimiento de pertenencia” Pero no es solamente esa la grandeza de la ciudad, también ésta cumple el papel de ser ámbito de desarrollo social, económico y cultural, en definitiva un lugar, creado por los hombres a su imagen y semejanza, para su desarrollo como individuos, que da sentimiento de pertenencia a una colectividad y que puede garantizar los pilares básicos de nuestro bienestar.
Son pues nuestras ciudades espació de convivencia definidos por la arquitectura y el urbanismo como elementos vertebradores de su ordenamiento. Volviendo a Aldo Rossi, decía que “es necesario que la arquitectura se convierta en parte de la ciudad, que llegue a ser ciudad”, puesto que va a definir el desarrollo social y económico de la misma, modelando el espacio urbano en función de las diferentes voluntades políticas. No es lo mismo un tejido urbano basado en la especulación y el desarrollismo económico, que un modelo basado en la integración de los diferentes ámbitos ciudadanos, siempre definidos en cuanto a su posición como clase social, o un modelo de desarrollo sostenible, respetuoso con el medio ambiente y la calidad de vida de las personas. La integración de los barrios en el tejido urbano, la definición de áreas de expansión económica, la construcción de edificios singulares como elementos arquitectónicos de ordenamiento del territorio existente a su alrededor, la tipología del comercio, o las zonas verdes, van a configurar, desde la arquitectura y el urbanismo una ciudad determinada, concebida para mejorar la calidad de vida de sus habitantes, o no, y por tanto capaz de sumar enteros en el sentido de pertenencia de éstos a una colectividad definida por su ciudad, o de generar un sentido de rechazo y agresividad hacia su entorno. Por ello el urbanismo y las arquitecturas que impulsa son esenciales para la convivencia. Pero no una arquitectura cualquiera, o trasnochada. El diseño arquitectónico debe estar en sintonía plena con su tiempo y no caer en la añoranza melancólica de lo antiguo, como única fuente de belleza urbana. Los edificio antiguos se construyeron para cumplir una función en la ciudad de su tiempo, y aunque alguno son de una belleza exquisita, deslumbrante, no dejan de pertenecer al pasado de la ciudad, que hay que respetar y conservar: las casco antiguos hay que mimarlos porque son frágiles ante la presión económica de hoy, y darles una función que los mantenga en pie y útiles, más allá de una mera asignación decorativa. Pero la ciudad actual debe apostar por una arquitectura valiente y moderna, tanto en su expresión pública como privada, no hay que tener miedo a las edificaciones vanguardistas o en altura, éstas siempre que no se utilicen para especular con el suelo y si para liberar espacio de ocio y esparcimiento. La singularidad de los barrios o los edificios también da sentido de pertenencia a un lugar.
Pero no sólo de arquitecturas se nutre una ciudad. Una red de transportes ágil, cómoda, eficiente y barata, que prime sobre el transporte privado y que sirva de integración entre la periferia y el centro, es esencial para un desarrollo equilibrado del espacio urbano, pero también para la convivencia entre los diferentes grupos sociales, y la sostenibilidad medioambiental; las ciudades del este siglo tienen un papel principal a la hora de plantearse políticas reductoras de la contaminación medioambiental y acústica.
La cultura como propuesta vertebradora del ocio y el enriquecimiento intelectual; la participación ciudadana como instrumento democrático para la resolución de problemas; los servicios sociales como elemento de integración de las clases más desfavorecidas o con problemas de dependencia; la seguridad como factor de convivencia y no de represión; los parques y jardines como lugares de esparcimiento y relax; todos ellos y otros muchos conforman ese espacio maravilloso que hemos dado en llamar ciudad, que sólo se puede entender como la geografía física y espiritual en el que hombres y mujeres podemos desarrollarnos libres y mejorar nuestras cuotas de bienestar social, porque las ciudades desde que nacieron no han parado de crecer, quizá porque los hombres tenemos más confianza en nuestra capacidad de generar seguridad y bienestar, que en la intemperie del campo sometido a la voluntad divina. Y Dios no parece enfadarse.