martes 19 de mayo de 2009

Castellón del siglo XXI

Reflexionar sobre la ciudad es hacer un ejercicio intelectual sobre una de las creaciones más maravillosas de la humanidad: el lugar en el que los hombres y las mujeres encuentran un espacio compresible a su intelecto y ajustado a sus necesidades; es hablar sobre una geografía cincelada a imagen del hombre y por el hombre. Porque la ciudad sólo se puede entender como el lugar donde las personas encuentran seguridad frente a los miedos ancestrales, donde la sociabilidad puede elevarse a la máxima potencia, donde las habilidades humanas encuentran su mayor grado de expresión y refinamiento. Por eso la ciudad es luz, frente a la oscuridad que impone la soledad del campo dominado por la supervivencia y la inseguridad ante la naturaleza, ante la barbarie de otros hombres, ante el oscurantismo intelectual.
La humanidad hace 10.000 años dio un paso de gigante al descubrir la agricultura y dejar de vivir errante, con el único instinto de la supervivencia. Al convertirse en sedentaria estaba a punto de inventar su gran obra maestra, la que condicionaría su historia por los siglos venideros; una obra que ha ido creciendo en magnitud y en aceptación, hasta llegar a la actualidad en la que, según proyecciones de Fondo de Población de las Naciones Unidas en 2007 el 60% de la población mundial residirá en ciudades.
Es gracias a esa luz que irradian las ciudades a quien debemos el avance de la humanidad hacia formas de convivencia más abiertas y aceptadas universalmente, como por ejemplo la democracia, pero también hacia niveles de desarrollo tan elevados que han hecho del resto de los hábitat humanos, polos que giran en torno a la necesidades urbanas, en un principio de las ciudades más próximas, en la actualidad, época de globalización, de cualquier ciudad del mundo. Fijémonos que el gran progreso que hace la humanidad política, económica, cultural y socialmente, a partir del siglo XIX, va ligado, de forma inseparable, al crecimiento urbano. Hoy se nos haría difícil pensar en la democracia si no volvemos la vista hacia los movimientos que reclamaban derechos de los ciudadanos libres de los siglos XVI, XVII y XVIII. Y a nadie se lo ocurría separar el crecimiento de ciudades como Manchester, Barcelona o Detroit, de la industrialización que se produce a partir del siglo XIX; o negar que ciudades como París y Nueva York, ha significado un hito casi en todos los modelos arquitectura urbana de los siglos XIX y XX, respectivamente. En definitiva, es la ciudad quien nos ha modelado, cobijado y engrandecido como ser humanos, quizá por ser una creación humana que a lo largo de la Historia ha tomado su propia autonomía y se ha convertido en el auténtico lugar de convivencia de hombres y mujeres.

Éste es el ámbito histórico en el que nuestras ciudades se forman y crecen, algunas por decisiones políticas, como es el caso de Castellón, tanto en su ubicación actual, que fue concedida por privilegio del rey Jaume I en 1251, trasladándose a la Alquería de Benaribe en 1252, o por su designación como capital de la provincia por Orden Real de 1833, en agradecimiento a su apoyo a los liberales del bando isabelino en las Guerras Carlistas, siendo, a partir de esta fechas, cuando Castellón se empieza a desarrollar como urbe hasta la actualidad, en que nos encontramos con un Castellón situado en el centro de una de las zonas económicas más dinámicas del país y con una potencialidad de proyección fortísima.
Sin embargo, actualmente, nos surge una pregunta ¿está Castellón preparada para afrontar el futuro? Porque, si es cierto que el tejido social y económico de Castellón ha cambiado mucho en estos últimos años, las clases dirigentes, no lo han hecho tanto, y si a mediados del siglo XIX Castellón experimentó un salto hacia adelante cualitativamente importante, gracias al empuje que supuso el liberalismo impregnado en su sociedad, en la actualidad, ese liberalismo de las clases dirigentes, se ha transformado en un conservadurismo cerrado y defensor de sus privilegios, lo que se traduce en una clase política muy a la derecha, poco amiga de las innovaciones, con unas ideas que no van más allá de la conservación de lo que se tiene, y agarrotada ante el futuro. Una clase de dirigentes políticos que ha convertido esta ciudad en el muro de las lamentaciones, con esa postura victimista para la que todo lo malo viene de fuera y todo lo bueno, aunque huela a rancio, viene de dentro.
Durante casi 150 años, salvo periodos muy cortos de tiempo, es la misma derecha conservadora la que ha gobernado en Castellón, y si es cierto, que en determinados momentos esa derecha ha sabido sentar las bases de un progreso posterior, no es menos cierto que han creado en Castellón una esquizofrenia de la que es urgente salir: por un lado la mentalidad abierta y mediterránea de sus habitantes, frenada por la mentalidad cerrada y conservadora de sus dirigentes. Lo que conduce a pensar que si es Castellón una zona de enormes potencialidades de futuro, no parece preparada para transitar por el siglo XXI, por el lastre de una clase dirigente cerrada y ensimismada en su conservadurismo.
Podemos pensar, entonces, que estamos al final de un ciclo político, que Castellón necesita un cambio, para que la ciudadanía se muestre orgullosa de vivir en ella, no sólo por un sentimiento folklorista y de pertenencia a un lugar, sino, también, porque viven en una ciudad donde existe una buena calidad de vida, donde se genera belleza urbana y paisajística, donde el respeto al medio ambiente es elevado, donde la cultura abarca a todos los rincones urbanos y donde puedan mostrar las tradiciones y costumbres con toda la riqueza que tienen, más allá del casticismo trasnochado.
Durante los últimos quince años, Castellón viene siendo gobernada por esa derecha castiza y autocomplaciente que poco ha aportado para superar las claves del futuro. Porque no se trata de gobernar para el día a día, como si el gobierno de una ciudad fuera mera gestión administrativa; gobernar es tomar decisiones en beneficio de la ciudadanía y no ocultar las incapacidades propias en el victimismo político, en echarle la culpa al gobierno de Madrid, al de Valencia, o la de Bruselas.
Hace necesario un cambio que acabe con la pérdida de aliento político que está sufriendo Castellón, que barra para siempre la corrupción de nuestro entorno; existe toda una generación de jóvenes, que sólo ha conocido a la derecha en el poder de la ciudad, y se le está transmitiendo una idea errónea de la ética del poder, al convertirse éste es un nido de corrupciones y corruptelas instaladas en la impunidad y, lo que es más grave, bañadas de normalidad.
La falta de iniciativa hace que Castellón no esté preparada para el crecimiento demográfico, ni siquiera se sabe qué tamaño de ciudad se quiere. No hay iniciativa para el desarrollo innovador y creativo desde los poderes públicos; no hay iniciativa para que Castellón sea una ciudad sostenible y respetuosa con el entorno medioambiental; no hay iniciativa para que Castellón sea una ciudad pensada para la calidad del estado del bienestar y derechos ciudadanos; no hay iniciativa para que Castellón se convierta en una ciudad referente en las relaciones con su entorno y en la oferta de sus excelencias turísticas, culturales, geográficas, climatológicas, gastronómicas, etc.; no hay iniciativa, en fin, para que Castellón sea una ciudad plenamente introducida en las comunicaciones, tanto telemáticas, como viarias, con el resto del mundo.
Después de esta breve radiografía podríamos afirmar que Castellón necesita un cambio, para que el siglo XXI llame a su puerta y podamos abrirla y mostrarle la casa ventilada. Pues la realidad nos dice que no se está sabiendo, o queriendo, aprovechar las sinergias industriales y económicas actuales, para generar riqueza colectiva, por lo cual la calidad de vida de los ciudadanos no está a la altura que debiera, para una de las zonas con mayor dinamismo económico del país. Tampoco se están aprovechando las sinergias culturales que ofrece la UJI, para hacer de Castellón una ciudad académica, cultural y científica. Resulta paradigmático que Castellón viva de espaldas a la universidad después de quince años, sin que sus gobernantes hayan hecho nada por remediarlo, eso cuando no han provocado el enfrentamiento con ella, por razones de oportunidad política.
No se están aprovechando las sinergias turísticas que ofrece el entorno geográfico: montaña y playa con buena climatología, que combinadas con una oferta de ocio, deportes y cultura, pueden convertir a Castellón en un referente turístico del Mediterráneo. Hablando de climatología, tampoco se aprovecha ésta para hacer de Castellón una ciudad sostenible energética y medioambientalmente hablando.
Esto no significa que no se esté haciendo nada, simplemente, que no se está haciendo lo adecuado. No hay soluciones, así los problemas se pudren, así la vivienda para los jóvenes sigue siendo un problema agobiante sin que existan iniciativas políticas que traten de paliarlo, o las conexiones con el Grao son muy deficitarias, en un momento en el que se está tratando de promocionar los aledaños del puerto como zona de ocio. Sin embargo, Castellón es un sitio agradable para vivir, simplemente se puede mejorar con un cambio de dirigentes, que habiendo agotado su ciclo político, ya no tienen nada que ofrecer a la ciudad y sus habitantes.
¿Cómo podemos mirar, entonces, el Castellón del siglo XXI? Principalmente con mirada humanista y de progreso: nada tienen sentido si Castellón no se piensa en clave ciudadana, es decir, como en una ciudad para sus habitantes, como una ciudad compartida, con identidad y mediterránea. Una ciudad que haga que sus vecinos se sientan orgullosos de vivir en ella. Además, en los nuevos tiempos de globalización y de migraciones, Castellón debe ser un espacio de ciudadanía, como ámbito de futuro compartido por gentes diversas.
En definitiva, un Castellón para las personas, las que lo habitan y las que lo visitan.
Para ello Castellón debe cambiar para ganar su futuro, para enfrentarnos al siglo XXI con decisión y con firmeza, un siglo que va a ser el triunfo definitivo de las ciudades, grandes o pequeñas, en el que las relaciones humanas se van a mover dentro de los parámetros urbanos, casi con exclusividad, relaciones de dureza vital, la vida urbana también es difícil, pero también relaciones y vivencias gratificantes, de solidaridad y humanismo. Es entonces, una ciudad como Castellón, que por su tamaño y dimensiones estaría considerada como una ciudad pequeña, la que puede ofrecer una calidad de vida mayor para sus ciudadanos y ciudadanas, pero también para aquellos que decidan pasar temporadas de ocio y descanso en ella.
Pero no nos engañemos, nada viene regalado, ni llovido del cielo, el futuro hay que ganarlo, para lo cual, es imprescindible poner fin al mito recurrente del Castellón marginado y ninguneado, y tener confianza en sus propias capacidades parar mejorar y crear un ámbito de convivencia de calidad.
Hay que saber qué modelo de ciudad queremos, qué lugar queremos ocupar en el arco mediterráneo, en Europa o en el mundo, qué estamos dispuestos a cambiar y qué estamos dispuestos a conservar. Un debate necesario del que tiene que salir la ciudad que va a transitar por este nuevo siglo.
Y condiciones hay para ello. Desde mediados de los años 80, se produce una transformación acelerada en el economía de Castellón: el desarrollo de la industria cerámica, hasta convertirla en un referente mundial; el boom inmobiliario, que está cambiando la fisonomía de la ciudad, y que ha supuesto la explosión de la construcción como factor económico de primer orden; el aumento demográfico, fundamentalmente gracias al inmigración interna y externa, que ha quebrado la cifras de crecimiento poblacional casi negativo; los altos niveles de empleo, que ha convertido a Castellón en una zona de recepción de trabajadores, y por tanto, de riqueza.
Pero también hemos de valorar que Castellón se encuentra en una posición geográfica de privilegio. Una excelente situación en el entorno de los cuatro ejes de desarrollo más dinámicos de la Península: el Arco Mediterráneo, el eje del Ebro, el eje Valencia - Cantábrico y el eje Lisboa – Baleares, enlazando con Madrid. Teniendo en cuento que el eje del Arco Mediterráneo o Arco Latino, que se extiende desde Andalucía hasta el Lacio italiano, nos sitúa en una de las áreas de mayor proyección europea.
Otra condición importantísima para el desarrollo futuro de Castellón es la UJI. La universidad supone un valor añadido para cualquier ciudad, en el caso de Castellón es un plus de futuro con el que hay que saberse relacionar. No es posible que Castellón y la UJI vivan de espaldas, esto es una necedad política de consecuencias nefastas para ambas instituciones, por ello profundizar las relaciones y establecer convenios de colaboración es una urgencia para Castellón; facilitar que la UJI tenga ámbitos de expansión dentro de la ciudad, o que la universidad sirva como elemento de promoción exterior de Castellón, son lujos que nos podemos y debemos permitir.
Hay una última circunstancia en el desarrollo futuro de la ciudad: la inmigración. De la capacidad para controlar el fenómeno e integrar a los inmigrantes depende una parte de la economía de Castellón y la convivencia futura. No ver al inmigrante como una amenaza contra nuestra cultura, nuestra forma de vida o nuestro trabajo. La historia de la Humanidad nos hace ver que el fenómeno migratoria es consustancial a ella; los pueblos han crecido y se han desarrollado con las aportaciones de aquellas personas que por diferentes motivos han tenido que abandonar su hogar, su pueblo y/o su país en busca de un futuro mejor, o una seguridad mayor, hasta el punto de que en al actualidad casi ningún pueblo es étnicamente puro, todos tienen, en mayor o menor medida, una historia cargada de referencias migratorias, en algún momento porque sus habitantes han tenido que abandonarlo convirtiéndose en emigrantes, en otros momentos porque se han convertido en receptores de inmigrantes; esa es la intrahistoria de la humanidad, y nos atreveríamos a decir que son los pueblos que más han recibido el fenómeno de la inmigración los que, a la largo, más han avanzado. España mismamente es el cóctel de una mezcla de culturas, por ello hay que aprovechar este fenómeno con talante abierto y en la perspectiva de que dentro de una o dos generaciones ya no habrá diferencias entre los que estaban y los que llegaron.
Hay construir un Castellón para las personas, en donde todos y cada uno de los ciudadanos pueda desarrollarse como individuo y cumplir sus aspiraciones, pero también se puedan sentir partícipes de un proyecto colectivo: el de construir ciudad, porque, al final, ninguna ciudad es importante si no es capaz de ser ese lugar en donde las relaciones humanas son también relaciones sociales, en donde el trabajo tiene un sentido colectivo. Decía el profesor Tierno Galván: todos tenemos nuestra casa, que es el hogar privado; y la ciudad, que es hogar público. Es por eso que resulta importante trabajar por un Castellón de calidad, como marca de la ciudad, en donde el aumento de la calidad de vida de sus ciudadanos sea el principio básico de toda actuación de los poderes públicos y privados, y en donde cada ciudadano cada vez que sale a la calle se sienta como en casa, porque tiene la sensación de que parte de esa ciudad se debe a su participación en el colectivo urbano.
De ahí la importancia de conseguir una ciudad cohesionada, que facilite las comunicaciones urbanas y permita el desarrollo de calidad de todos aquellos aspectos que afectan a la vida de los ciudadanos: la seguridad, la vivienda, las actividades deportivas, el ocio, el urbanismo, la atención a los dependientes, el transporte público, el ocio, la actividad comercial, etc. Una ciudad que potencie la participación ciudadana, como máxima expresión de la integración ciudadana en los estructuras de decisión urbana; pero que también sea capaz de educar en valores de tolerancia hacia las personas diferentes por razones de raza, sexo y opción sexual, discapacidad, etc., con una administración cercana a los ciudadanos, que facilite y simplifique las gestiones administrativas, para que estas no sean un calvario cada vez que se ha de hacer trámites burocráticos. En definitiva, convertir la ciudad en algo que, más allá de las estructuras urbanas y arquitectónicas, sea un lugar de convivencia y solidaridad, un espacio en donde la calidad de vida de sus ciudadanos y el bienestar social sean el objetivo de cualquier actuación de los poderes públicos y políticos.
Sin embargo hay algo más: Castellón no puede afrontar el siglo XXI sólo como una ciudad cohesionada y modélica en sus relaciones internas. Es preciso, que sea capaz de enfrentarse al futuro con una mirada también exterior, para construir un Castellón que sea referente en su entorno de poblaciones metropolitanas o lo suficientemente sugerente y atractivo para visitantes y turistas. Hay que extender la idea de Castellón de Calidad en el exterior, pero también sentar las bases de un modelo turístico que traiga visitantes, un modelo respetuoso con el medio ambiente, pero con una marca de excelencia, que vaya más allá de lo que ya tenemos: playa, sol y montaña, y se desarrolle en ámbitos de calidad de la oferta cultural, del ocio, del turismo de congresos y profesional, de la gastronomía, o de la belleza paisajística y urbana.
Pero también hay que mirar a nuestro entorno más inmediato y asumir el papel de liderazgo que la historia le ha concedido, no para destacar sobre el resto, si para avanzar conjuntamente por un proyecto metropolitano cohesionado y solidario.
Para prosperar en ese Castellón referente es necesario un Castellón bien comunicado, no se puede cohesionar el área metropolitana o traer visitantes si el sistema de relaciones y transporte es deficitario. La forma de relación de una ciudad con su entorno cercano o lejano reside en una buena red de comunicaciones, que haga que el flujo de personas, mercancías, ideas, proyectos y conocimiento sea rápido y efectivo. Hay que tener en cuenta que vivimos en un mundo globalizado y la fluidez de las comunicaciones es esencial para el desarrollo económico, social y cultural de un territorio. Desde esta perspectiva no podemos entender a Castellón al margen de su entorno metropolitano o área de influencias mutuas, ya que el progreso de las grandes ciudades está estrechamente ligado con su hinterland.
Alcanzar la excelencia de las relaciones exige planificar también interiormente. La facilidad para moverse por la ciudad debe abarcar a todos los grupos sociales: niños, mayores, discapacitados, visitantes, etc. Para lo cual no se puede entender la ciudad sin un diseño urbano exento de barreras arquitectónicas, y una red de transporte público adaptado, cómodo ágil y barato, que abarque todos sus rincones.
Es esencial también la existencia de unos buenos medios de comunicación que, salvaguardando los intereses empresariales, sean democráticos y abiertos a la sociedad y sus problemas. Se deben articular mecanismos para que los medios de comunicación radicados en la ciudad no dependan de la voluntad del político de turno para acceder a subvenciones o publicidad institucional, eliminando así la manipulación de la información a la que algunos políticos están tan habituados, bajo la presión económica sobre los medios. También debemos entender la comunicación en el contexto actual, en el que Internet ha irrumpido propagando una auténtica revolución. El fomento de Internet y las comunicaciones electrónicas no sólo significa ser modernos y estar en lo último de las comunicaciones, significa utilizar un instrumento de relaciones sociales y económicas de consecuencias incalculables, pero también significa, potenciar una herramienta de democratización de las comunicaciones, de alcance impensable.
Por último no se puede pensar en un Castellón relacionado sin una buena red de conexiones ferroviarias y viarias con el entorno, mediante el desarrollo de las cercanías o el tranvía interurbano, o las autovías que conecten las principales poblaciones del área metropolitana, con el fin de mejorar los accesos y evitar los atascos de entrada y salida, que tanto tiempo hacen perder, o las largas esperas actuales del transporte público. La mejora de la red de carreteras autonómicas y estatales, el aeropuerto, o el AVE, son infraestructuras esenciales para mejorar nuestra conectividad con el exterior. De nada sirve ofertar un producto excelente si no es posible acercarlo a los potenciales visitantes.
Sería un error pensar en el Castellón del siglo XXI sin detenerse en la innovación y la creación. La decidida apuesta de la UE por le I+D+i como factor de competitividad en la economía globalizada mundial, hace que los próximos años haya un flujo de dinero considerable para la puesta en marcha de proyectos de investigación y desarrollo. Castellón es una ciudad con unas característica inmejorables para entrar de lleno en este terreno: buenas comunicaciones, empresariado emprendedor, universidad que apuesta por la innovación, inmejorable situación estratégica en el Mediterráneo y en el triángulo Valencia-Zaragoza-Barcelona y próximamente a poco más de una hora de Madrid por tren, y la potencialidad de comunicaciones que da el futuro aeropuerto. Por ese es necesario aprovechar estas sinergias desde los poderes públicos y apostar por el I+D+i, para entrar de lleno en la innovación que supone la investigación y el desarrollo. Las ciudades que apuesten por este camino habrán entrado de lleno en el futuro que nos depara el siglo, añadiendo un plus de calidad a sus otras excelencias.
No hay que olvidarse de la creación, el espíritu creador a movido civilizaciones situándolas por encima de las inmovilistas y complacientes con lo que tienen. Crear es avanzar: en las artes, en la economía, en la filosofía, en la política…, es un torrente de innovación que mira al futuro. Castellón tiene varios ingredientes que le pueden permitir impulsar la creación: la universidad, la empresa, una sociedad dinámica y una juventud preparada y con ganas de hacer cosas interesantes, sólo falta que los poderes públicos den el empujen que necesitan todos estos factores para poner en marcha el espíritu de creación que potencialmente existe en nuestra sociedad.
Por último, no se podría cerrar este círculo de futuro sin mirar el medioambiente. La sociedad está cada vez más concienciada con los problemas medioambientales, quizá porque se está tomando conciencia de que la salud futura del planeta y, por tanto, nuestra salud, depende de una buena gestión de los retos ecológicos. Castellón debe ser una ciudad sostenible, no es posible definir un Castellón para las personas olvidando el medioambiente, primero porque en este terreno cualquier iniciativa sirve para mejorar las condiciones ambientales; segundo porque las exigencias internacionales (Protocolo de Kioto) nos obligan a cumplir demandas que no se pueden obviar.
Castellón necesita definir su política medioambiental para convertirla en una ciudad verde y eficiente energéticamente; una política que reoriente las relaciones de la Administración con la industria contaminante (en este aspecto la negociación es necesaria); una política que fomente la sostenibilidad de los recursos hídricos y la gestión responsable de los residuos (habría que retomar la idea de las tres r: reciclar, reducir, reutilizar); en definitiva, apostar por una ciudad saludable, en connivencia con todos los sectores sociales implicados: vecinos, empresarios, centros educativos, administraciones públicas, agentes sociales, etc.

En conclusión, mirar con confianza el Castellón del siglo XXI es plantearse el futuro desde una perspectiva distinta, partiendo del convencimiento de que el ciclo político de la derecha conservadora y tradicional, que durante casi 150 años ha gobernando esta ciudad, ha terminado. Esto supone un cambio en la clase dirigente que sea capaz de llevar la ciudad, por esta centuria que se abre, con éxito, mediante nuevas propuestas de organización social y económica, que tengan como principio fundamental construir el Castellón de las personas, profundizando en el estado de bienestar, los derechos ciudadanos y la administración eficiente, pero también potenciando las relaciones con el entorno metropolitano, asumiendo un liderazgo democrático.
Es preciso que entendamos qué sólo desde el humanismo democrático y el progreso económico y bien distribuido entre sus ciudadanos, habrá merecido la pena este viaje por el siglo XXI. Un viaje necesario, porque no hay otro posible. La otra opción es la de la pérdida de sinergias, y el fin del desarrollo económico y social. Algo que acabaría con las esperanzas de convertir Castellón en una zona privilegiada para vivir y desarrollarse como individuos.
El tren del futuro que nos va a transportar por el siglo XXI está llegando a la estación, cogerlo o no depende de nosotros.